Archivo para Octubre 2008

El arte nos lleva de calle

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El fin de semana pasado en una cena con mis padres y amigos comenzamos un interesante debate sobre la tendencia del street art, o lo que es lo mismo el arte de la calle. Debo decir que en principio considero necesaria una diferenciación entre lo que es el dibujo elaborado que se extiende por muros y calles, respecto a la manía de algunos graffiteros de llenar los espacios con firmas, dibujos incompletos o cualquier otro tipo de «pintada superflua». No porque dejaran de ser arte, al final esta disciplina como la mayoría de las humanísticas, responden enormemente a la subjetividad del espectador. Lo que es arte o no, no entro si quiera a cuestionármelo, hago la diferenciación simplemente para establecer que me refiero a las expresiones que contienen un mensaje, teniendo en cuenta la línea del blog, de caracter político.

Desde mediados del los años ‘90 se deja a un lado la concepción del movimiento como sinónimo limitado del graffiti, y se incluyen nuevas e interesantes técnicas como las plantillas, posters, pegatinas y nuevos códigos. El empleo político de los stencil o plantillas tiene su semilla en el París de los años ‘60 más tendrá su máximo auge en épocas más contemporáneas, a mediados de la década de los ‘90 desde la que ha crecido tanto en difusión como en los nombres que integran la plantilla de artistas, con pseudónimo ya que hablamos de un movimiento que aún en nuestros días sigue siendo ilegal.

Dos de los artistas de mayor interés son Bansky, de origen británico y a quien pertenece la imagen de apertura de este post, y el norteamericano Shepard Fairey que ha recolectado interesantes comentarios con su campaña «Obey», desarrollada con posters y plantillas, y sus trabajos sobre Obama que le han convertido (o mejor dicho, les ha convertido) en icono de la modernidad, del cambio y de la vanguardia.

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Hasta aquí la teoría, pero quizás lo más interesante del movimiento no es sólo lo que reproduce, sino lo que suscita. Estupefactos, indignados y, creo, un poco obcecados, tantos se han llevado las manos a la cabeza; ensuciar la calle, llenarla de pintadas y de mensajes que cuestionan y juzgan realidades, desde las más banales hasta las de mayor repercusión política y social. Recuerdo que cuando vivía en Roma me contaron una vez, dando un paseo, que existen en la ciudad unas estatuas generalmente escondidas en callejuelas o plazas que se denominan «las estatuas parlantes», su nombre proviene de épocas de opresión en las que los ciudadanos romanos pegaban a las esculturas, durante la noche y con el miedo del posible descubrimiento, folios en los que manifestaban sus descontentos con la Iglesia y la Monarquía. Decían entonces los ciudadanos que eran las estatuas quien habían hablado, ya que ellos no podían.

Las cosas han cambiado, pero ¿quizás aún necesitamos una representación global y anónima del propio descontento? Las pintadas y los dibujos no son más que la expresión de un sentir común, del juicio global que muchas veces la ciudad remite a sus dirigentes, y si el periódico ha evolucionado hacia el contenido digital, el teatro hacia la aplicación audiovisual, o el cuadro hacia el recurso multimedia, ¿por qué no es posible que la expresión artística varíe de soporte invadiéndolo todo, incluso el espacio público?

Creo que es posible que se interprete mal, y que muchas de las pintadas consideradas más suciedad que expresión no sean toleradas. Bien, pero sin dar nombres también les puedo decir que me surje la misma idea con muchos de los cuadros que se encuentran colgados en algunos de los museos más famosos del planeta y por los que millonarios y «pseudotales» pagarían millones y millones, sólo porque el crítico de moda ha decidido calificarlo de arte.

No podemos ser tan poco evolucionados como para entender que la expresión del alma humana no debe tener confines, ni en las palabras a emplear, ni en el soporte sobre el que se quieran plasmar. La calle es tanto parte de mi vida como el propio contexto en el que convivo con pensamientos y juicios ajenos y, si las palabras vanas, estúpidas, retorcidas y asesinas pueden poblar mi espacio acústico (del público, hablo) porque no deberían de hacerlo otro tipo de manifetaciones. Hablamos sólo de un lenguaje diferente, aprendamos a ser un poco más tolerantes.

Para quien esté interesado en el tema, también un interesante link de un artículo del Corriere della Sera que me pasó un amigo, sobre la tendencia en Milán, lo único que siento, es que se encuentre sólo en italiano.

Libertad, una palabra…

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Hace unas semanas fui a ver al cine «El patio de mi cárcel».  Quizás soy una fan un poco extraña del celuloide pues aunque conozco muchos actores (de tanto verlos y volverlos a ver…) me confieso una increible y auténtica ignorante en cuanto a nombres de directores, e incluso del nombre exacto de muchos largometrajes. Así que cuando Nagore me propuso ir a verla al cine dije que sí porque me parecía curioso el título, pero sin saber nada de ella. Comienza ese ruidillo tan característico del proyector, se apagan las luces y poco a poco se va introduciendo la música.

Una historia que encierra, e historias de vidas que luchan por volar. Un grupo de mujeres en una cárcel femenina de mediados de los años ‘80 en España. No les desvelaré nada de la historia o historias. Creo, que esta es una de esas películas que deben entrar, en cada uno a su modo, lento lento para poder explotar luego dentro. Si, siento decirles que esta es una de esas películas que, a un cierto punto, te hacen dejar de respirar. Y, en mi opinión las razones son una banda sonora espectacular y una Candela Peña que es un espectáculo.

Pero mi post esta vez no va sobre la película en sí sino sobre una parte de ella, en la que la protagonista (fijense que ni me acuerdo como se llama…) le dice a una de las funcionarias de la cárcel que es más fácil vivir en una jaula y saber que se es prisionero, que vivir en libertad y no saber que hacer con ella. Y yo, que a lo que me impacta le doy mucha vuelta me pregunto si es que la libertad nos pesa demasiado… Lo sé señores, estoy contra todo tipo de opresión y limitación de la libertad… Pero realmente ¿no es más fácil seguir el camino, que andar entre cardos y piedras? Cuando tenemos demasiada capacidad de elección es posible que estemos perdiendo la facultad de ser libres y vivir, simplemente vivir…

Recuerdo las tiras cómicas de Mafalda, esos libritos que leía cuando era pequeña (y no tanto) y me viene la imagen de uno de los mejores personajes de Quino: Libertad. Una niña chiquitita, mucho más chiquitita que Mafalda, incluso si la memoria no me engaña, diría que hasta más chiquita que el propio Guille y la tira de cuando el popular personaje del dibujante y Libertad se encuentran por primera vez.

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Me pregunto en que modo nos estamos resignando a prescindir de la libertad, a ceder, como tantos politólogos y sociólogos se empeñaron en explicar, desde Rosseau hasta Hobbes o Locke, en favor del contrato social, de eso que nos hace vivir en armonía. Para algunos de forma tácita o comprendiendo la bondad inherente del ser humano, para otros por simple miedo al que se encuentra a nuestra derecha y nuestra izquierda, entendiendo a los demás como lobos, naturalmente malvados y dispuestos a depredarnos. ¿Seguimos siendo tan desconfiados y sólo luchamos por nuestra supervivencia social? ¿Encerramos en vez de reinsertar para que todo sea más fácil, más controlado, más sistemático? ¿En que momento dejamos de considerar la libertad un derecho y comenzamos a verla desde la óptica del privilegio?

¿Por qué no hemos enseñado a las nuevas generaciones a hacer uso de su libertad? Escapando de modas, de estereotipos, de exigencias de una sociedad, pactada si, pero a la vista de cualquiera desigual como la que más… En tiempos en los que la propia sociedad se cuestiona los índices de la bolsa, el que el sistema no se autorregulaba tanto como parecía y que poco a poco, quizás el capitalismo no deberíamos haberlo exportado a quien nunca lo pidió, quizás sería momento para comenzar una nueva revolución, desde la base, destinada a poner sobre la mesa todas estas cuestiones, con la meta, aunque sólo fuese por esta vez, de pensar a los muchos millones que pueblan este planeta Tierra y no tanto en quien puso los andamios pensando en beneficios futuros, a cualquier coste.

Protagonistas de un mundo posible

 

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Señores míos, me declaro imparcial desde la primera línea de este post. Totalmente imparcial porque me declaro, de parte y de conjunto, defensora del señor Obama. En estos tiempos de escepticismo y desencanto político, reconozco que este personaje me hace mantener alguna que otra esperanza. A poco más de una semana, la batalla se hace campal y de un lado y otro el tiro al adversario es siempre más certero, más envenenado, más cruento.

Parece que sea el área de la economía quien mayores bazas le proporciona a Obama ya que teniendo en consideración un sondeo de la CNN y una encuesta publicada por el periódico estadounidense The Washington Post, el 53 por 100 de los encuestados considera que sea el candidato demócrata el más capacitado, frente a un 39 por 100 que confía en las cualidades de McCain; que a mí, quizás dejandome llevar por un poco de indomable subjetividad se me hace una caricatura desdibujada de ese diablo del señor Bush, al que por cierto la gran mayoría culpa de la mala situación actual. Alejados, o al menos difuminados, los fantasmas que amenazaban con un colapso del sistema financiero, no hay que olvidar que como bruja sobre su escoba revolotea sobre cabezas yankees una turbia recesión económica.

En un país en el que el capitalismo termianaría por devolver al rebaño al propio Marx, con una de esas instantáneas coloridas en las que se ubicaría justo a la derecha del propio tío McDonald, Obama representa un cambio, y mi pequeño sueño, lo confieso, es que no sea sólo de envoltorio. Racismos y antisocialismos a parte, no son pocas las barreras que encontrará en su camino, ya sea en la Casa Blanca, ya sea en la oposición que en Estados Unidos siempre parece un poco atrezzo y no tanto fuerza política. Porque él habla de redistribución de la riqueza, y habla de la importancia del voto de los más jóvenes, habla a los que como él pueden representar un cambio.

Juega a su favor la bajísima popularidad de la que goza hoy por hoy el actual presidente del país, un agarradísimo 30 por 100; una puntuación que sólo «sufrieron» antes que él, Nixon con su conocido caso Watergate y Hoover, quien enfrentó los desastres del crack del ‘29 y la consecuente depresión económica de los años 30 (si les interesa el tema, recomiendo fervorosamente el libro «Las uvas de la ira» de John Steinbeck, desgarrador retrato de una América doliente).

Le juegan en contra la disciplina de los republicanos a la hora de votar, los 26 años de experiencia de John McCain en el senado, con su mitificada imagen de héroe de guerra de Vietnam, su mayor experiencia internacional, y el recurso de la idea de que el demócrata no tendría capacidades a la hora de gestionar problemáticas de gran envergadura como podrían ser una guerra o una crisis nuclear.

«Habéis dicho que ha llegado la hora de superar la amargura, la mezquindad y la rabia que ha consumido Washington; de acabar con la estrategia política basada en la división y de optar por otra basada en la adición; de construir una coalición por el cambio que se extienda por los estados republicanos y demócratas. Porque así venceremos en noviembre, y así nos enfrentaremos por fin a los desafíos que tenemos como país».

«Elegimos la esperanza en lugar del miedo. Elegimos la unidad en lugar de la división, y también elegimos enviar un poderoso mensaje de que el cambio está llegando a Estados Unidos.  Habéis dicho que ha llegado el momento de comunicar a los lobbistas, que creen que su dinero y su influencia hablan más alto que nuestras voces, que no son ellos los dueños de nuestro gobierno, que somos nosotros; y que estamos aquí para hacernos de nuevo con él (…)»

«Seré un presidente que pondrá fin a las amnistías fiscales para las compañías que trasladan nuestros puestos de trabajo al extranjero y crearé una reducción fiscal dirigida a la clase media y que vaya a parar a los bolsillos de los trabajadores estadounidenses, que la merecen. Seré un presidente que aprovechará el ingenio de agricultores, científicos y empresarios para liberar a este país de la tiranía del petróleo de una vez por todas. Y seré un presidente que pondrá fin a la guerra de Iraq y traerá los soldados a casa; que restaurará nuestra posición moral; que sabrá que el 11-S no es una forma de obtener votos a través del miedo, sino un desafío que debería unir a Estados Unidos y al mundo contra las amenazas comunes del siglo XXI: las amenazas comunes del terrorismo y las armas nucleares, el cambio climático y la pobreza, el genocidio y la enfermedad.»

Algunos extractos del discurso de Obama, la razón por la que les dejo esta imagen: la de un Obama que extiende su mano con intención de hacer una política que beneficie a su pueblo, dejando a un lado, la ya vieja tendencia de los Estados Unidos de hacer del mundo su tablero de ajedrez privado, en una partida a jugador único. Le ruego señor Obama, que no me defraude usted, y una vez más no sea razón de peso para aquellos que afirman que «todos los políticos son iguales» y que hace que día a día personas como Berlusconi, y Dios nos libre, Menem recuperen los poderes del Estado frente a cualquier pronóstico racional; que permite y legitima gobiernos opresivos o de teatrillo como sucede con viejas monarquías, dictadores y shas. Otra política es posible y depende sólo de nosotros.

Ser o no ser… ¿Es esa la cuestión?

 

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Hace un par de semanas me encontraba tomando unas cañas con Nagore, una buena amiga que siempre consigue estimular agradablemente mis neuronas, dándome siempre nuevos argumentos sobre los que desvanarme los sesos. Bien, el argumento en cuestión era la teoría queer. Debo ponerles en antecedentes diciendo que no soy una persona muy de modas, mucho menos en modas asociativas, no tengo cantante preferido, ni estilo de música, discuto todas las posiciones políticas porque considero que aún no nos hemos evolucionado lo suficiente como para haber aprendido de nuestros errores y creo que con adjetivos no siempre se pueda definir a un ser humano.

Bien, a mi lo de queer me sonaba, supongo que como a la mayoría de ustedes, por la serie norteamericana «Queer as folk» en la que se identifica queer con homosexual. Mi amiga me dijo que esa interpretación era errónea, ya que en realidad, la teoría queer defiende la no etiquetación de las personas. Paseando de vuelta a casa, me daba vueltas en la cabeza la idea de que defender la no etiquetación es mucho más complejo de lo que en un inicio podamos pensar. Con gran curiosidad, al día siguiente, googleo queer: ¡20.000.000 de entradas! Y comienzo a navegar. Primera impresión: no soy la única que asocia el termino a la definición de gay. Muchas de las páginas son colectivos que defienden posturas homosexuales, entrelazando en su discursos ideas queer. Vuelvo a subir al inicio de la primera página y accedo a la primera entrada: Wikipedia. No entro nunca a la primera, porque creo que elaborar un concepto teórico de una idea condiciona nuestro modo de observarla.

Según la fuente de conocimientos cibernética: La Teoría Queer es una teoría sobre el género que afirma que la orientación sexual y la identidad sexual o de género de las personas son el resultado de una construcción social y que, por lo tanto, no existen papeles sexuales esencial o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas socialmente variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales. En fin, casi nada…

Tan sólo afrontar esta definición a mí me hace pensar en un universo de individuos complejos hasta el infinito, en una torre de Babel apenas ha comenzado a difundirse el caos, porque los jefes nunca quisieron que los obreros alcanzasen el cielo. Comienzo a leer documentos, de todo tipo, blogs, ensayos, artículos y hasta comentarios de ensayos… A cada palabra que leo, más documentos debo abrir, puesto que el problema de lo queer es que encierra infinitas posibilidades, como infinitas son las diferencias entre los individuos. Concebir el «género» en la teoría queer es complicado ya que en sus planteamientos el concepto se autodestruye para dar paso a otra cosa. La idea implica, además, partir de la concepción de que nuestras ideas se basan sobre una dictadura lingüistica dual: hombre/mujer, masculino/femenino.

Supongo les vendrá a la cabeza el primer colectivo que comienza a entretejer en su cosmovisión las posturas queer: el colectivo transexual. Ya que ellos son el «tercer sexo», son los primeros en manifestar sus simpatías por unas ideas que conciben su existencia de forma sencilla y natural, como una posibilidad más. Otro de los colectivos que rapidamente vendrá a asociarse a sus planteamientos son los homosexuales. Hablamos de la década de los ‘90, en la que el colectivo gay se cree representado por una media burguesía de hombres blancos, intelectuales, guapos y elegantes, y que se distancia considerablemente de un gran número de personas que tienen la misma «naturaleza» sexual. Así, poco a poco, las minorías dentro de las propias minorías irán conformando un sujeto de increíbles dimensiones basado en la diversidad. Me pregunto hasta que punto el nuevo sujeto no terminará por adoptar una propia identidad en su necesidad de autonominarse para llevar a cabo la oposición al sistema… Al fin y al cabo, para ser queer debo cumplir un requisito: no creer en el requisito mismo. ¿Y nosotros seremos capaces de ello?

Las ideas queer defienden la idea de la identidad nómada, una identidad en la que nada se destruye y todo se transforma en base a la visión que cada uno tenemos de nosotros mismos. Según un interesante artículo que leí y que me ayudó a tener una necesaria visión de conjunto: «quien asume lo queer, se ubica en la categoría que quiere, si quiere, teniendo en cuenta que no es para siempre y que quizás mañana puede estar en otra u otras, o bien, puede no asumir ninguna categoría, ni es gay, ni es heterosexual, ni bisexual. A fin de cuentas somos millones de personas para tan pocas categorías que se han inventado hasta ahora». Creo que sería el modo positivo de interpretarlo, no como una exclusión, sino como la unión de toda una serie de individualidades. Yendo más allá, me planteo si no podría llegar a ser ésta una importante nueva forma de lograr entender a cada uno sin que eso implique una distancia respecto a los demás, sin que pensar en un modo individualista conllevase egoísmo sino la comprensión de la individualidad del otro. Una suma de diferencias que aún puede resultar un conjunto de simples seres humanos.

Por el momento y por mis filtros escépticos, retomo la idea de que quizás no estemos dispuestos a sacrificar la construida seguridad que supone la pertenecia a un grupo, a poseer algo que nos acomuna con el que se sienta al lado, por la posibilidad de crear un collage, digamos más armónico. Creo que resulta más fácil seguir patrones que establecer propias pautas, en un mundo en el que la moda mal entendida, el valium, el estrés, el insomio, la psicosis colectiva y otras malas hierbas de nuestro jardín, hacen que terminemos siempre nuestros discursos diciendo: «Si estoy muy contenta porque por fín estoy aprendiendo a quererme, a trabajar sobre mi misma, es que estoy aprendiendo a conocerme» ¿Estamos dispuestos a renunciar al «yo soy» y la autodefinición? Señores, llevo una semana probando y les aseguro que no es tarea fácil…

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