Archivo para 31. Octubre 2008

El arte nos lleva de calle

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El fin de semana pasado en una cena con mis padres y amigos comenzamos un interesante debate sobre la tendencia del street art, o lo que es lo mismo el arte de la calle. Debo decir que en principio considero necesaria una diferenciación entre lo que es el dibujo elaborado que se extiende por muros y calles, respecto a la manía de algunos graffiteros de llenar los espacios con firmas, dibujos incompletos o cualquier otro tipo de «pintada superflua». No porque dejaran de ser arte, al final esta disciplina como la mayoría de las humanísticas, responden enormemente a la subjetividad del espectador. Lo que es arte o no, no entro si quiera a cuestionármelo, hago la diferenciación simplemente para establecer que me refiero a las expresiones que contienen un mensaje, teniendo en cuenta la línea del blog, de caracter político.

Desde mediados del los años ‘90 se deja a un lado la concepción del movimiento como sinónimo limitado del graffiti, y se incluyen nuevas e interesantes técnicas como las plantillas, posters, pegatinas y nuevos códigos. El empleo político de los stencil o plantillas tiene su semilla en el París de los años ‘60 más tendrá su máximo auge en épocas más contemporáneas, a mediados de la década de los ‘90 desde la que ha crecido tanto en difusión como en los nombres que integran la plantilla de artistas, con pseudónimo ya que hablamos de un movimiento que aún en nuestros días sigue siendo ilegal.

Dos de los artistas de mayor interés son Bansky, de origen británico y a quien pertenece la imagen de apertura de este post, y el norteamericano Shepard Fairey que ha recolectado interesantes comentarios con su campaña «Obey», desarrollada con posters y plantillas, y sus trabajos sobre Obama que le han convertido (o mejor dicho, les ha convertido) en icono de la modernidad, del cambio y de la vanguardia.

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Hasta aquí la teoría, pero quizás lo más interesante del movimiento no es sólo lo que reproduce, sino lo que suscita. Estupefactos, indignados y, creo, un poco obcecados, tantos se han llevado las manos a la cabeza; ensuciar la calle, llenarla de pintadas y de mensajes que cuestionan y juzgan realidades, desde las más banales hasta las de mayor repercusión política y social. Recuerdo que cuando vivía en Roma me contaron una vez, dando un paseo, que existen en la ciudad unas estatuas generalmente escondidas en callejuelas o plazas que se denominan «las estatuas parlantes», su nombre proviene de épocas de opresión en las que los ciudadanos romanos pegaban a las esculturas, durante la noche y con el miedo del posible descubrimiento, folios en los que manifestaban sus descontentos con la Iglesia y la Monarquía. Decían entonces los ciudadanos que eran las estatuas quien habían hablado, ya que ellos no podían.

Las cosas han cambiado, pero ¿quizás aún necesitamos una representación global y anónima del propio descontento? Las pintadas y los dibujos no son más que la expresión de un sentir común, del juicio global que muchas veces la ciudad remite a sus dirigentes, y si el periódico ha evolucionado hacia el contenido digital, el teatro hacia la aplicación audiovisual, o el cuadro hacia el recurso multimedia, ¿por qué no es posible que la expresión artística varíe de soporte invadiéndolo todo, incluso el espacio público?

Creo que es posible que se interprete mal, y que muchas de las pintadas consideradas más suciedad que expresión no sean toleradas. Bien, pero sin dar nombres también les puedo decir que me surje la misma idea con muchos de los cuadros que se encuentran colgados en algunos de los museos más famosos del planeta y por los que millonarios y «pseudotales» pagarían millones y millones, sólo porque el crítico de moda ha decidido calificarlo de arte.

No podemos ser tan poco evolucionados como para entender que la expresión del alma humana no debe tener confines, ni en las palabras a emplear, ni en el soporte sobre el que se quieran plasmar. La calle es tanto parte de mi vida como el propio contexto en el que convivo con pensamientos y juicios ajenos y, si las palabras vanas, estúpidas, retorcidas y asesinas pueden poblar mi espacio acústico (del público, hablo) porque no deberían de hacerlo otro tipo de manifetaciones. Hablamos sólo de un lenguaje diferente, aprendamos a ser un poco más tolerantes.

Para quien esté interesado en el tema, también un interesante link de un artículo del Corriere della Sera que me pasó un amigo, sobre la tendencia en Milán, lo único que siento, es que se encuentre sólo en italiano.

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