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Archivo para Noviembre 2008
La dificil tarea de mostrar la realidad
24. Noviembre 2008 por Lalá Miolac.

Soy amante empedernida de los domingos. Comer con la familia, verse con los amigos para unas cañas o arrebujarse en el sofá bien con un libro, bien con una película, son algunas de mis opciones preferidas. Ayer, combinando dos de ellas, comí con mis padres en un fantástico restaurante con cocina de Nueva Orleans, y me fui al cine con Fabrizio a ver «Gomorra». Él es italiano y por lo tanto, no habría podido encontrar mejor compañía, para una película que tiene mucho más que miga.
Antes de nada, debo advertirles: Gomorra no es una película fácil. Para quien haya leído el libro quizás la cosa requiera menos esfuerzo mental. Para mí que lo dejé a poco más de la página 60, esperándome como fiel amante en la mesilla de noche, y que después lo fui leyendo por partes, la tarea fue ardua y las explicaciones de Fabrizio ineludibles. Si no sabemos previamente de qué se está hablando, la interconexión de las historias y los hechos es bastante compleja. Diría, completamente desaconsejable para quien no tiene ni idea de lo que es el crimen organizado, la manipulación de obras y concursos públicos, o de la relación en las inversiones de dinero negro en negocios lícitos (vamos, lo que se viene llamando blanqueo de fondos).
Lo mejor de Gomorra es su mirada aséptica y carente de juicios. La narración se desarrolla mostrándonos determinadas escenas de la vida napoletana, acompañadas de una banda sonora nada convencional, la música popular autóctona, que como muchas de las cosas que muestra el largometraje, no serían extrapolables a ninguna otra realidad. Una música que encierra toda una cosmovisión, un planteamiento de vida, una lente desde la que el mundo, a nuestros ojos distorsionado, irreal, increíble, resulta la cotidianeidad de otros.
El film en si mismo cuenta cinco historias: la de Don Ciro, un señor de mediana edad que apenas expresa con palabras, y sin embargo, muestra un mundo a través de sus ojos, en ocasiones inundados por un miedo ilimitado y responsable de pagar el sueldo a las familias de los «soldados» metidos en la cárcel; Totó, un niño-hombre de 13 años que se ve involucrado en una banda por haber cometido un acto, casi reflejo, y que se dará cuenta bien pronto de que en las guerras no existen las posiciones neutras y o «estás conmigo o estás en mi contra»; Roberto un joven que irá entendiendo a través de su superior como funciona la eliminación de residuos y cuales son los costes que habrá de pagar si quiere ser alguien en la vida (napoletana, se sobrentiende); Pasquale, un sastre de alta moda que trabaja para la industria textil y que mostrará a traves de sus ojos: el conflicto con la producción china en el mercado ilegal, la asignación de lotes de producción en fábricas clandestinas o la utilización de mano de obra a bajo coste; y Marco y Ciro dos chavales con aspiraciones de gangster que creen poder hacerse con el mundo y que disfrutan disparando ametralladoras como si de un juego se tratase, que creen ser invencibles y desafían a un sistema que apenas los considera dos muñecos de trapo.
Gomorra es un ejercicio de periodismo brillante, un reportaje espectacular, que pone su objetivo sobre casas de hormigón, sobre callejones sin luz, sobre persianas bajadas y miradas, ojos de una expresividad inaúdita, sobre cuerpos sin vida, charcos de sangre y ese ¡bum! de una bala tras la que sólo puede quedar el silencio. Pero dos horas se quedan cortas, y la posibilidad de entender, que Saviano otorga a través de más de 300 páginas, en la película se va alejando poco a poco, imposibilitando la comprensión global, entorpeciendo la capacidad de obtener una visión completa en la que los factores se relacionan mostrando un solo cuadro. Era dificil, sino imposible, y creo que si apenas consigue entenderlo quien esa realidad la enfrenta todos los días, imaginemos alguien de fuera; intenten concebir la posibilidad de explicárselo a un tercero.
El escenario promete: Nápoles es la ciudad más violenta de la Unión Europea. Sus cifras ponen los pelos de punta: desde 1980, la Camorra, ha asesinado a más de 3.600 personas, una cifra que representa mayor número de muertos que IRA, ETA y Brigadas Rojas juntas, y que la Cosa Nostra siciliana. Sin embargo, no hablamos de una película de asesinatos, olvídense del cliché de Don Vito Corleone, no miren siquiera el horario del cine si esperan encontrar pactos de honor, personajes nobles o escenarios de pizzeria… Esta es una película que elimina los filtros de lo romántico, para dejarnos de frente a la verdad desnuda y frágil en la que todo se conecta, en la que la peste de podrido sale de la tierra como olor asqueroso de una lluvia caducada, como fruto de los residuos que se entierran bien abajo, en la tierra, putrefacción que provoca cánceres, verdaderos y simbólicos.
Una ciudad que vive de la economía sumergida, una ciudad sin ley escrita, sino con ley hecha en la calle a golpe de pistola, de Gucci falsa, de sicario sobre una moto, de adjudicación de obras comprada con un solar «porque tú lo vacías y yo lo lleno». Un clan que nada se parece al de trajes negros de corbata y presenta al boss en pantalón corto y chanclas.
Algunas teorías sostienen que Jehová sentenció la destrucción de Sodoma y Gomorra por faltar a la ley del Amor que implica el respeto del prójimo, del otro. Dios no pudo salvarles, porque los habitantes de ambas ciudades, rechazaron su Amor en los mensajeros divinos, porque fueron crueles, egoístas. En Nápoles no existe el amor al prójimo, porque existe sólo el ego de quien detenta la pistola, símbolo bizarro de la voluntad popular. Creo que es momento, no sólo de escandalizarse, sino de hacer reflexión. De aprovechar el hilo que tiende Saviano o Garrone (director de la película) para seguir tirando, para intentar desenredar la madeja… Para que dentro de 5, 10, 15 años Gomorra no sea el reflejo de cualquier otra ciudad, y nos echemos a temblar porque «ni siquiera lo imaginaba» Señores, es momento de analizar, y no de sorprendernos. Que este mundo no va bien, no es nada nuevo.
Me quedo con la foto de Marco que grita, en un grito que en la película cuesta entender, un grito altísimo, de esos que liberan o que cargan antes de la batalla. Él quería hacerse con los mandos de un futuro clan que todo lo habría controlado, yo me lo tomo para recoger la última frase del libro de Saviano: «¡malditos bastardos, todavía estoy vivo!». Vivos para que en esa mancha gris que se impregna en cada uno de los fotogramas de la película como un reguero de sucio aceite, que representa un mundo donde no existe lo justo e injusto, lo bueno y lo malo, un día deje de oler a podrido y se sienta el olor de la posibilidad de elección.
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Una noticia muda entre tsunamis silenciosos
3. Noviembre 2008 por Lalá Miolac.

La jornada laboral tiene en sí misma un algo de rutinario al margen de la propia cotidianeidad del ir a trabajar. Cada mañana entro por la puerta, enciendo el ordenador, hago un café y, como diría Ismael Serrano, «con noticias asesinas, me tomo el desayuno», una a una voy abriendo las alertas de google relacionadas con mi trabajo, y otros temas de interés que habilmente y con ardúo trabajo metí en el archifamoso buscador.
Hace unos días, saltó a mi vista una noticia… ¿Cómo decirlo? Espeluznante. El texto era algo así (para quien quiera mayores informaciones se encuentra recogida en el boletín de noticias del Canal Solidario hacesfalta.org): «Hoy existen en el planeta 923 millones de personas que padecen graves problemas de salud derivados del hambre. La situación no muestra síntomas de avance, y en el último año murieron 75 millones de personas debido a problemas alimenticios. Dentro de esta población se encuentran 19 millones de niños que están a punto de morir por los mismos motivos».
Otros aspectos a tener en cuenta para una visión, digamos amplia porque lo de completa aquí parece tarea de titanes, podrían ser el que la crisis alimenticia tiene graves consecuencias a nivel de salud sobre un 14% de la población mundial, que la mayoría de estas personas afectadas se encuentran en países que basan su mantenimiento en productos como maíz, leche o arroz (alimentos cuyos precios se han visto incrementados considerablemente en el último periodo), y que dichas poblaciones no poseen sistemas económicos capaces de afrontar la variación de precios, y para que engañarnos, muchas veces si quiera sistemas políticos (los que cuentan con él) con vocación de hacer frente a las fallas y taras de sistemas «explotables» frente a los intereses de las potencias «explotadoras».
Seguramente la parte más impactante, la más tremenda de la noticia (si es que en estas cosas «se puede ir por partes») son los 19 millones de niños en peligro a causa de la malnutrición (datos aportados por el informe difundido por el observatorio Hunger Watch y recogido por el Canal Solidario). Señores, imagínense mi apuro cuando decido que este era el próximo tema de mi blog, temas tan «comunes» a menudo caen en la apología fácil, en el discurso lógico pero que suele resultar lluvia sobre suelo mojado… Así que ratón en mano, comienzo a clickear, y hete aquí algunas interesantes ideas.
En 1972 y con los jirones de verguenza propia y ajena detrás de la oreja, producto de un holocausto por el que todavía las naciones se ruborizan pasandose la patata caliente, la ONU se reúne en Estocolmo para llevar a cabo la primera conferencia sobre Medio Ambiente. Se constata en dicha conferencia que en los países en vías de desarrollo se encuentra el 76 por 100 de la población mundial, que en su geografía se halla la mayor parte de los recursos naturales del planeta y que, sin embargo, su participación en la producción industrial mundial no llegaba al 18%. Para contrarrestar dicha situación las Naciones Unidas reclaman a las naciones «ricas» la cesión del 0,7 % de su PIB para ayudar al desarrollo económico y propiciar la creación de riqueza en el Tercer Mundo.
En la conferencia de Río de Janeiro de junio de 1992, donde se debatió sobre Desarrollo y Medio Ambiente, se elaboró la denominada Agenda 21, documento en el que se incluyen las medidas a adoptar por los gobiernos, las agencias de la ONU y las organizaciones no gubernamentales (ONG) para asegurar un futuro solidario y sostenible y que toma el nombre de Objetivos de Desarrollo del Milenio. Para llevar a buen puerto los puntos establecidos en la reunión se creó la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Desgraciadamente y como parece que comienza a ser el curso natural de las cosas que hace la ONU, ahí está el documento, ahí esta la medida y el compromiso, ¿Ustedes vieron el dinero? Porque yo tampoco.
En enero de 2005 las Naciones Unidas patrocinan un informe en el que se dice, entre otras cosas, que si los países desarrollados doblasen las ayudas al desarrollo desde ese momento hasta 2015 «más de 500 millones de personas podrían ser rescatadas de la más absoluta miseria, 250 millones dejarían de irse a la cama con hambre y 30 millones de niños podrían salvarse». Y observen las conclusiones cuando se trata de ponerle a cada ayuda su bandera: «Entre las naciones industriales, sólo Dinamarca, Noruega, Suecia, Holanda y Luxemburgo han gastado en desarrollo más de la cantidad preestablecida del 0,7 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB). Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Finlandia e Irlanda se han comprometido a llegar a ese objetivo antes de 2015. Estados Unidos con su economía de 12 billones de dólares contribuye con la cantidad menor de ayuda al desarrollo -entre 22 países industriales- con aproximadamente el 0,15 por ciento de su Producto Nacional Bruto (PNB), seguido por Italia con el 0,17 por ciento, y Japón con el 0,20 por ciento».
En junio del presente año el periódico Atlántico Diario publica la noticia de que los países pertenecientes a la UE reafirman su compromiso con las medidas propuestas por la ONU. Pero ahora los términos son otros: destinar el 0,56 a la ayuda al desarrollo en 2010, y el 0,7 en 2015. Y subraya, como hacemos los periodistas maliciosamente, que sin embargo, todo este empeño se reafirma en un año en el que paradojicamente y por primera vez la ayuda ha descendido del 0,41 al 0,38 (cifra registrada en 2007). En el diario el Imparcial, Zapatero manifiesta hace poco más de un mes que España alcanzará el 0,7 por ciento de ayuda al desarrollo en 2012. Por el momento, España destinó el 0,47% en 2007, y el PSOE prevé un aumento a algo más del 0,5% durante 2008. Y esto hasta finales de año no podremos controlarlo, aunque en el mes de julio la vicepresidenta de la Vega, declaraba que España se encontraba a punto de alcanzar el 0,5 por 100 que se había propuesto para este año (interesantísimo el artículo de El Mundo donde se explica como van después puestas en práctica las políticas de desarrollo y a qué acciones en concreto se destina qué cantidad de dinero). Organizaciones expertas como puede ser Intermon Oxfam manifiestan sin reparos sus posturas más que escépticas sobre la posibilidad de que para 2015 se cumplan, no todos, sino sólo uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
En fin, las pescadillas se muerden las colas y nosotros decimos «pero mira como beben los peces en el río». Ni el hambre en el mundo, ni las guerras, ni las masacres, ni las pobrezas se van a solucionar con apreciaciones teóricas o estrabismos fruto de análisis estadísticos. Pero entre el término estadística y el de estática hay diferencias más que sintácticas, y lo que no puede ser señores, es que continuemos a cenar, a desayunar, a dormir, permitiendo que el telediario sea contenedor de tragedias sin sentido y el periódico en vez de manchas de tinta, nos llene las manos de sangre. ¡No puede ser que se publique la noticia de que hay 19 millonesde niños muriéndose en el mundo y nosotros estemos tan aturullados que no nos hallamos ni tan siquiera parado a pensarlo!
Yo lo sé, creánme, que estas no son épocas de revoluciones románticas, de luchas que cambiarán el mundo (o sí, pero porque la esperanza nunca se pierde), pero tampoco me puedo creer que nos hallamos dejado meter en KO por el sistema mediático, hasta el punto de perder el juicio crítico, la lamparita que se enciende en el cerebro para decir: «Párate y analiza, algo no va bien» Y señores, no quiero irme sin decirles que hay algo aún más impactante que esto, y que desde luego no sale en la portada de ningún diario, y es que un millón doscientos mil niños españoles, o lo que es lo mismo un 13,3% de la población infantil de este país, viven en una situación de pobreza relativa, según indica un informe del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF); un estudio que sitúa a España entre los peor parados en el ranking de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Prestemos atención, abrámonos la cabeza (metaforicamente, claro) pero no nos olvidemos nunca que la importancia de las fotos de portada es relativa y que lo que importa realmente es lo que pocas veces se dice. Recojo aquí una declaración de Jeffrey Sachs, profesor de la Universidad de Columbia que me parece idónea para resumir y sintetizar: «Tenemos a todo el mundo pendiente del tsunami en el Océano Índico, pero el mundo sigue pasando por alto los silenciosos tsunamis de muertes por malaria que cada mes se lleva al mismo número de personas que perecieron en la tragedia asiática». Intentando escapar de los sensacionalismos me negué a ilustrar este blog con una imagen de un niño o un ser humano de cualquier categoría poblacional mostrando sobre su cuerpo las tragedias de la miseria, como signos imborrables de una politica mundial que sólo puedo denominar, al pelo, de canibal. Les dejo, contrariamente, con una imagen en la que me siento representada yo misma: con un agujero en el estómago, el que me dejan noticias como esta, símil de los que no tienen que comer, y en forma de corazón para mostrar mi solidaridad para combatir, siempre, este mundo nuestro cimentado cada día más sobre el sistema de la desinformación.
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