Ha accedido a los Lalá Miolac archivos del weblog de Febrero, 2009.
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Archivo para Febrero 2009
Pensamiento matutino
18. Febrero 2009 por Lalá Miolac.

¿Se acuerdan cuando les mencionaba el otro día la famosa escena de «El truco del manco», en la que Zannou nos presenta las dificultades del protagonista de su película para entrar en la bañera? Ayer me encontraba buscando información sobre ciudades-escenarios de películas para una ruta que tengo que redactar en el trabajo. Como la película mencionada fue rodada en Barcelona, buscaba información, cuando caí en la página de una asociación de discapacitados que destacaba precisamente la misma escena.
En la página se decía que esa escena debería ser visionada por todas aquellas personas que luchan día a día contra las barreras arquitectónicas, por todas aquellas que comisionan y desarrollan las obras públicas. Yo añado, en fín, que debería ser visionada por todos. La sociedad al completo debería empatizar con esos 2 o 3 minutos de verdadera frustración, de dificultad. Sólo en esa empatía, podremos hacernos conscientes de lo que significan los bolardos, las escaleras y los bordillos para las personas discapacitadas.
Estoy cansada de ver ese video hiper propagandístico que te ponen una y otra vez en la tele del metro y que viene a decir que los transportes de Madrid son tremendamente accesibles con todas sus rampas, mensajes en braile y plataformas para elevar las sillas del ruedas. Hace pocos meses viví la verguenza ajena de observar como el conductor de un autobus se negaba a poner la rampa para que un chaval en silla de ruedas pudiera entrar en el medio de transporte, con la vaguísima, desgraciada excusa de que «se perdía mucho tiempo» Lo más indigno de la situación, lo más triste es que ninguno de los apiñados viajeros dijo absolutamente nada cuando yo le espeté al conductor que no era cuestión de tiempo, sino de obligación, no ya moral (que asumo se ha ido desvaneciendo entre reality shows, pechos desnudos y videos del youtube) sino social. Esa, me niego a aceptar que la hayamos perdido, me niego a pensar que nos resignemos a haberla perdido.
Esta mañana, aún con los ojos medio cerrados por el sueño, caminaba por Bravo Murillo. Les debo decir que ya resulta dificil de transitar para cualquier peatón, las obras ocupan toda la acera y se han dejado unos pequeños pasillos por los que no pueden siquiera caminar dos personas en sentidos opuestos. A medio camino hacia el metro me he percatado de que había un tramo en el que un sentido de marcha se turnaba con el opuesto para caminar; al lado de una valla había un hombre parado. Al acercarme he visto que era ciego y obviamente con el trajín de la gente obnubilada por llegar a sus cómodos puestos de trabajos grises en los que pensar a la crisis y la productividad que ahora apremian como cocos en el armario, no podía atravesar la zona de guerra. Le he ayudado a cruzar, pero este no es el punto. Señores, el punto son todos los que no le han ayudado.
La verguenza es para quien gobierna la Comunidad de Madrid y hace las obras con la pancarta de la accesibilidad a las espaldas para luego poner no barreras, sino insondables muros gigantes, en las calles, pero también en las mentes. Es la obra a estrenar que queda tan bien en las fotos de pre campaña y que a mí me hacen hervir la sangre. Son los rubios cabellos de la presidenta bajo un casco de obra, en un desapacho lleno de restos podridos, de corrupciones y corruptelas, son la falta de identificación de las personas y su carencia absoluta no de compasión sino de empatía. No tener un pariente en silla de ruedas, ciego, sordo o mudo, entre mil millones de discapacidades, no nos da el derecho a ser unos egoistas, no nos da derecho a renunciar a nuestra responsabilidad social.
Fotografía: David Sirvent
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B de brutal, B de brillante
16. Febrero 2009 por Lalá Miolac.

Hace un par de semanas fui al cine con mi madre. Nuestra primera idea era ir a ver «Mi nombre es Harvey Milk» pero por esa gran posibilidad que ofrece el cine de cambiar de idea frente a la cartelera, nos metimos a ver «El truco del manco». Quería verla, desde hace tiempo, un poco en serio, un poco de coña, me gusta la música que hace la Excepción, me interesaba ver sobre que base, se había hecho Montilla con el Goya al actor revelación, y me generaba cierta curiosidad observar como Zannou habría conseguido alejarse de la pesada semejanza que la película parecía tener con la del archifamoso rapero Eminem, 8 millas. No sé si alguno de ustedes, al leer la sinopsis, hubiera establecido el mismo paralelismo pero barrio marginal, situación crítica y rapero con afán de superación me resultaron en su momento una escaleta ya conocida.
La producción española no tiene nada que ver con la americana. Me gustaron ambas, aunque debo decir que por suerte la española escapa del final de las perdices para seguir intentando soportar una realidad que no puede mantenerse tras la pátina del brillo hollywoodiense. En «El truco del manco» la realidad se hace trágicamente real. Se muestra con toda su crudeza impidiendo al espectador alejarse, obligándole a clavar la vista en la verguenza ajena, a removerse por dentro ante las imágenes de los bloques de viviendas grises, desvencijadas y contenedoras de historias que empiezan mal, para terminar mal.
Zannou no nos ahorra un sólo detalle, encuadra con el objetivo de su cámara la inmigración, los ghetos de la periferia de Barcelona, las miradas desencajadas, las jeringuillas y las traiciones. El film sale a la calle, se desgasta las suelas de los zapatos en el asfalto y finalmente se «da de hostias», porque un poco de eso se trata, de vivir «a hostias», hasta caer al suelo y darse de bruces, hasta que al pasar el dorso de la mano por delante de la boca, uno es capaz de sentir, el sabor un poco dulce, un poco a óxido de la sangre.

Adolfo y «el cuajo», los dos protagonistas del cuento urbano, son dos delincuentes de medio pelo que quieren montar un estudio de grabación. La dificultad básica, circunstancial, es el barrio en el que viven, en el que conseguir medios no siempre pasa por las vías legales. Espeluznante el retrato que Zannou consigue contraponiendo la reluciente idea del primer mundo con las consecuencias del mismo, no al otro lado del globo, sino a una decena de kilómetros de las calles repletas de neones, vitrinas y viandantes cargados de bolsas, de los enormes coches, de los cines, de los restaurantes de 40 euros a plato.
El guión del filme establece así, y desde el principio, un diálogo sincero. No hay que olvidar que el protagonista de la película, en la ficción y en la vida real, sufre una parálisis cerebral que plantea una serie de obstáculos en el día a día; Zannou dice: ¡acción! y el primer fotograma nos pone ente los ojos a Montilla desnudo, imagen colectiva de la vulnerabilidad del ser humano, en la colosal tarea, ordinaria para el resto, de entrar en la bañera. Así el director plantea las bases de la conversación desde el principio, un intercambio de opiniones, burdo, franco y directo. Una meta en la que ayudan un equipo de actores no profesionales, gracias a los cuales muchas veces nos sentimos más ante un documental o en el mercadillo del barrio, que en una sala de cine o siendo partícipes de un relato de ficción.
El largometraje tiene algunos puntos flacos, no voy a negarlo. El final parece un poco abrupto. Una escena quizás excesivamente larga que muestra una resignación que acorde con la realidad, quizás no resulta demasiado consonante con el espíritu de los personajes. A Montilla no sé si le habrán dado el premio como actor revelación, porque sinceramente en su discurso yo no encuentro tanto de recitación, y si mucho de sinceridad. Pero el premio lo merece, y mucho. No el personaje, sino la persona que abre una ventana a un mundo para muchos desconocido, un mundo en el que la participación social no debe ser una caridad sino una exigencia. Dispuesta estoy a que me muestre sus dotes artísticas, quizás en una narración en la que no se encuentren tantos puntos de unión con la propia vida.
B de brillante, por la falta de brillo de la historia, por la brillantez en la elección de palabras para contar lo que tenemos apenas se cruzan las fronteras de la Barcelona cosmopolita que tan bien queda en las guías de turismo, pero que además, vale para cualquier gran urbe. B de brutal porque el relato desgarra, como tiene que ser, da una patada en el estómago a un espectador que va al cine, y una vez dentro no tiene la capacidad de escapar a lo que Zannou le pone sobre la mesa. La recomiendo, no tanto por la calidad cinematográfica que acepta «peros», sino por el valor sociológico. Que nadie diga después que «no fuimos alertados».
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A las puertas del cielo
4. Febrero 2009 por Lalá Miolac.

Eluana se encuentra tumbada en una Clínica de Udine, en una clínica que, como si de una broma satírica se tratase, se llama La Quiete que en castellano significa la Calma. Todo menos calma es lo que se ha generado en torno a su caso. En uno o dos días, los doctores irán reduciendo la alimentación e hidratación artificial que hasta hoy la han mantenido con vida desde hace 17 años. Hasta que su cuerpo se aleje de las constantes vitales, hasta que los piquitos del monitor le den a Eluana un descanso linear, pasarán aproximadamente tres semanas. Tres semanas en las que los médicos le suministrarán calmantes para que se despida lentamente de este mundo sin sufrir, como si de pastillas se tratase, como si la hipocresía y el egoismo tuvieran sus correspondientes píldoras de colores, para anestesiarnos a todos ante la falta de solidaridad de algunos.
Los verdugos de túnicas púrpuras se revuelven dentro de sus sotanas, se retuercen las manos, se dan vueltas a la ingente cantidad de anillos y pedruscos que les cubren los dedos; no saben como expresar su ira, como dar rienda suelta a una «ira de Dios» que jamás aceptará que un ser tan imperfecto, tan animal como el humano pueda cuestionar el principio Divino. ¿Tomar una decisión que no sólo la cuestiona sino además deslegitimiza la norma absoluta? Impensable.
Un cardenal mexicano ha declarado que la sentencia del Tribunal Supremo que hará posible la muerte de Eluana, «es un abominable asesinato». Me gustaría a mí preguntarle al susodicho señor que opinión le merece Hitler, a quien el Vaticano no condenó cuando comenzó a explayar sus teorías acerca de la superioridad de la raza aria; de Franco, a quien dio su inestimable apoyo para el lavado de cara que nos haría entrar en la ONU y recibir el Plan Marshall… me gustaría a mí, señor cardenal, saber como piensa usted pedir disculpas, cuando dentro de muchos años, se le venga a pedir a la Iglesia responsabilidades sobre las millones de muertes que conlleva sus condena a los preservativos; sobre los genocidios, sobre las condenas al pensamiento y a la libertad.
Fini, presidente de la Cámara de Diputados, declara que tiene dudas sobre el caso y se pregunta donde está el límite entre un ser vivo y un vegetal. Eluana quedó en coma irreversible tras un accidente de coche cuando tenía 20 años, lo más probable, ya que estas cosas nunca son una ciencia exacta, es que no pudiera despertarse nunca. ¿Alguno de ustedes elegiría una vida así? Me resulta brutalmente paradójico que una persona triste que tiene una vida por delante llena de posibilidades pueda volar desde un puente o desde una ventana y sin embargo, una persona que se encuentra en una cama inmóvil, no pueda tomar una decisión sobre su propia vida; ¿nos da esto el derecho a condenarla a una eternidad estática?
Entiendo perfectamente que se trata de una decisión que se toma sin poder considerar la voluntad de Eluana pero pienso de otro modo. Momentaneamente me traslado a la terrible, devastante situación de las personas que la quieren, que la vieron nacer, jugar, crecer, amar, dar su primer paso, su primera palabra, su primera risa; me pongo en su lugar y no puedo siquiera imaginar lo que representa para un padre, una madre, un hermano, dejar ir a una persona que amamos. No sólo eso, renunciar a la esperanza de que ella volverá a abrir los ojos alguna vez, verla morir, sentir como exhala el último aliento. Señores, lo siento muchísimo, pero en una situación que duele sólo a imaginarla, no puedo más que ponerme del lado de los padres de Eluana, no puedo más que pensar que su decisión es la correcta y que son ellos los que deben tener el poder de tomarla.
Aún así, los padres no descartan que con el paso de las horas se puedan dar cambios, se puedan perfilar nuevos obstáculos en el horizonte. Yo sólo espero que no sea así y que podamos dejar de pensar obnubilados por el egoismo, por nuestro propio miedo a la muerte, a la pérdida de los seres queridos, y comencemos a dar espacio a la evolución. No me crean simplista, sé que el debate es mucho más amplio que el de este caso singular. Estamos de acuerdo. Pero este caso singular no es otra cosa que la prueba de que la eutanasia se debe llevar a debate, se debe cuestionar, estudiar y buscar el modo de hacerla real porque, lo siento mucho, pero a mí no me parece que una vida postrada en una cama, o sin hablar, o sin siquiera despertar, sea una vida.
Dice mi admirado Victor Hugo que «El egoísmo social es un comienzo de sepulcro», neguémonos a acudir a nuestro propio entierro, movámonos ante la institución arcaica, ancestral y rígida que representa hoy en día el Vaticano (que no la religión, sino su instrumentalización e institucionalización) y empecemos a pensar que quizás ese señor transparente que se encuentra en los cielos no tiene porque determinar a rajatabla los principios de la vida, y que si su bondad es tan infinita como eterna, sonreirá al encontrar a las puertas de su casa el bello rostro de Eluana, y como padre lleno de amor, no hará más que estrecharla entre sus brazosy perdonarla por todos sus pecados.
Imagen: MAH7
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