Muerte a ritmo de metralla

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Perros ciegos y enfurecidos que cruzan las calles bajo un cielo amarillo mostaza. Cuadrúpedos que estiran el esqueleto, marcando la tensión de los músculos en movimiento, fijando una mirada brillante, repleta de rabia, a la cámara, o mejor dicho a la otra mirada, la  del espectador, pues nos encontramos ante un documental de animación. Muchas las ideas que desde la apertura de la película se van hilvanando mientras construyen una bola de aire que después nos será difícil eliminar del pecho.

La cinta de Ari Foldman (a la postre protagonista de la historia de la película), es una coproducción entre Israel (país de origen del cineasta), Alemania y Francia. En la pasada edición del Festival de Cannes enamoró a la crítica y al público, obtuvo cuatro nominaciones a los premios de la Academia Europea y se alzó con el ambiciado Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa el pasado mes de febrero.

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Las imágenes parecen más reales que dibujadas, quizás la tarea haya sido facilitada por el hecho de que primero fue rodada como documental y después trasladada al campo de la animación. Gestos, palabras y rasgos dan durante los 90 minutos de duración un cuadro detallado y cercano cuyos márgenes no se funden con la fantasía, no permiten que escapemos de lo que estamos viendo. A modo de tiro de gracia, dos minutos de imágenes reales al final de la película, sin sonido, brutales. Foldman y su personaje realizan un camino en la recuperación de la propia conciencia, de la posición dentro de la Historia haciéndo partícipe a quien observa, identificándolo e incluyéndolo en la trama, mientras a nuestros oídos llega la mezcla de metralla, gritos, música electrónica y un desgarrado violín.

El filme se ambienta en la guerra del Líbano, 1982. En septiembre del mismo año el líder de la milicia cristiano falangista, Bashir Gemayel es asesinado durante el atentado en la sede central en Beirut de las Fuerzas Libanesas, aliadas de Israel. El entonces ministro de Defensa, Ariel Sharon ordena la ocupación de Beirut oeste violando el acuerdo previamente establecido con Estados Unidos (sin duda, un ligero percance vistas las después futuras relaciones del imperio yankee con el rey del «suma y sigue» de la violencia).

Al día siguiente al atentado, las Fuerzas de Defensa Israelíes rodearon el campamento de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Situados en las puertas para controlar los movimientos y en puntos de visualización estratégica en los edificios colindantes, para controlar la zona. En este contexto, los falangistas entran en el campamento (con el apoyo logístico made in Sharon & Eitan) «en busca y captura» de terroristas de OLP. Durante más de 30 horas y armados con armas de fuego, cuchillas y hachas, una unidad de 150 falangistas se encargó de llevar a cabo una carnicería de civiles perpetrando violaciones, degollaciones y ejecuciones en grupo.

Mientras los infinitos minutos transcurrían en aquella larga noche que Spielberg jamás tendría la inspiración de contar, los soldados israelíes lanzaron bengalas para iluminar el campamento. Sin disparar, con una participación en forma de estela incandescente. Abandonando el rol tan adherido de víctimas para trasladarse, sino al de verdugos, al menos al de complices sapientes. A la mañana siguiente, un extracto de cuenta con 300 muertes en su haber. Informes periódicos durante la noche, una veintena de pares de ojos oficiales barajando datos y reportes. Otra larga noche iluminada por constantes bengalas destinadas a marcar el paso de las horas, como si en vez de minutos, el tiempo pudiese ser medidos por los shhhhhhhhhh del ascenso de estrellas artificiales en el celeste nocturno.

Tres días de luces y sombras, tres días de silencio mediático y corporativo, de quien detenta el poder y de quien nada sabe porque no lo detenta. Una caja de Pandora llena de cuerpos hinchados por el sol y la humedad, cadáveres malolientes, miembros apuntados, órganos desparramados y testigos de siempre, las moscas. Un mosaico de miradas sin vida, perdidas, despreciadas. Niños y ancianos no salvados por la edad ni la estatura. Mujeres y hombres en igualdad de sexo ante el odio que resulta especialmente igualitario en la identificación de objetivos.

Foldman recupera así un hecho que puso en crisis a la política israelí, que originó la manifestación más multitudinaria de la historia del país y cuyo reflejo quedó estampado gramaticalmente en el informe realizado por la Comisión Kahan donde se identifica como autores del genocidio a los falangistas pero se exculpa de toda responsabilidad a los soldados israelíes criticando la labor de los altos mandos del Ejército y el gobierno, en particular la posición adoptada por el ya muerto Sharon. Sin embargo, broma macabra de esta sociedad nuestra, el responsable material de la masacre, Elie Hobeika, no fue nunca acusado en un tribunal llegando a ser nombrado ministro (ni más ni menos) del gobierno libanés de 1990. En 2002, cuando un coche bomba termina con su vida, se especula que podría haber testificado en el tribunal de guerra belga.

Los cielos incendiarios de Apocalypse Now salen esta vez de lápices de colores, un conflicto bélico trasladado al dibujo animado para mostrar una realidad que de ser contada en imágenes de archivo habría resultado insoportable para la sensibilidad de nuestros ojos (creo que de los de casi todos)  no adoctrinados para el verdadero campo de batalla. Una genial banda sonora de la mano de Max Richter que complementa diálogos e historias, que busca su propio significado a cada pentagrama, en cada pausa de silencio.

Perros enfurecidos que corren por las calles, perros-símbolos de una conciencia sucia que necesita pagar las cuentas pendientes, obtener la resolución del proceso judicial exhaustivo y doloroso de aquel que se encuentra dispuesto a discutir, pero más importante aún a «discutirse». Escena a escena se recorre la historia, el camino de regreso a la memoria. El recuerdo de un evento que indiscutiblemente nos lleva de nuevo al principio, pues el odio es la semilla del asesinato indiscriminado, y el asesinato indiscriminado no podrá ser otra cosa que nuevo gérmen de rabia. Así en espirales (que no irrompibles señores, pues no debemos tomar los derroteros de la resignación en este arduo camino) la violencia da sus coletazos y con fuerza centrífuga abandona la pantalla para propinar una fuerte bofetada al espectador. Al salir del cine, no quedan excusas para apartar la mirada, para pensar que todavía la página está en blanco, que estamos mejorando o que quedan infinitas posibilidades para jugar en la ruleta de la fortuna histórica. Las oportunidades son siempre menos y las calles están demasiado llenas ya de panfletos con los que se pueden limpiar muchas cosas, mucho menos la conciencia.

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