El doble filo de las elecciones

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Ayer poco menos de la mitad de la población electoral se recó a las urnas para establecer las proporciones de nuestra representación política en Europa. El resultado: la mayoría dividida entre el bipartidismo tradicional de PP y PSOE y una minoría dividida entre la Coalición por Europa, Izquierda Unida, Unión Progreso y Democracia y Europa de los Pueblos. En una lectura únicamente numérica se trata del mayor logro en la historia de las elecciones europeas del Partido Popular, cuya guía soporta con fervor Mariano Rajoy, quien se ha metido en el bolsillo 23 de los 50 escaños en juego.

Sin embargo, en una lectura simbólica se observa que quien detenta una mayor representación sería la izquierda. Y, ahora me explico pero, no es este un argumento para consolarse o decir que en realidad quien ha ganado es la izquierda. Lejos parecen ir quedando los aires de cambio y renovación, de diálogo y progresismo que en 2004, un poco menos en 2008, llevaron a gran parte de los votantes a cerrar el puño alrededor de una rosa. Poco a poco, Zapatero ha ido ganando también sus inconformismos dentro de las propias filas, y las elecciones europeas no son más que una representación de ello. Y no sólo la crisis.

Supongo al electorado bastante más inteligente (¿de lo que quizás es?) creyendo que somos todos conscientes de lo cíclico de la economía como para realizar un acto tan infantil como el de la identificación de culpables. Son muchas las cosas las que se le pueden recriminar al presidente del gobierno, seguramente el del transcurso de la economía mundial, no sea una de ellas.

Lo que se puede ver en estas elecciones, es que los escaños perdidos por el coloso nacional del socialismo, no van a parar a la derecha sino que se reparten entre partidos de planteamientos izquierdistas como Izquierda Unida o el partido de Rosa Diéz. Profundo temor pues aunque pueda ser un signo de pluralidad puede ser también tomado como presagio de una tendencia a la dispersión.

No me crean fatalista. Por el momento España se mueve entre dos orillas muy delimitadas en las que los polos de poder se repiten, se complementan y son, aún, capaces de llevar con una igualmente determinada trayectoria, el rumbo del país. Sin embargo, hay que realizar una lectura de los datos minoritarios, son ellos los que nos iluminan sobre los movimientos que surgen, sobre el malestar de los votantes de las fuerzas minoritarias, que demuestran (una vez más) que la derecha se presenta mucho más unitaria que la izquierda.

En estos días, ríos de tinta han realizado un triste y preocupante retrato de la Italia de Berlusconi. Y nos hemos echado todos las manos a la cabeza. Sin embargo, creo que Berlusconi no encuentra una oposición digna de llamarse tal por algunas claras razones: representa una derecha empresarial que siempre, aunque menos política que otras clases, muestra una gran unidad y determinación a la hora de votar, y por otra parte, encuentra en el lado opuesto, una serie infinita de pequeños, o pequeñísimos partidos de izquierda, entre los que se divide en proporciones de apenas el 2 por 100 todo el grupo de la izquierda italiana.

Es tanta la capacidad de elección, que no saben a quien votar. Se trata de un planteamiento simplificado, la verdad es que dentro de esas formaciones tampoco existe un líder lo suficientemente carismático (u honrado) como para aglutinar a grandes mayorías, pero en la base tampoco considero que Zapatero se encuentre iluminado actualmente por el aura del simbolismo progresista que se fue desdibujando en medidas populistas, tiritas de medio pelo y múltiples diputadas que llenan de rosa las casillas del Parlamento.

No  le quito méritos al señor Jose Luís. Sin embargo le pido que observe, aprenda y enmiende los fallos; que haga un análisis profundo de estas elecciones. El gran bipartidismo sirve para que tanto el equipo rojo, como el azul, pongan en la diana el careto del adversario. Creo que más inteligente sería analizar porque ex votantes del PSOE (entre los que sin tapujos me cuento) han decidido, en esta ocasión dar el voto a otras formaciones de izquierda. Son éstas las que realmente pueden el día de mañana arrebatarle la presidencia.

El PP, ha ganado por casi 600.000 votos y 3,7 puntos de diferencia respecto al resultado obtenido por el PSOE. Ha ganado abasalladoramente en Madrid y Valencia. Mucho cuidado, esto significa que como sucediera con Gescartera se le está dando también un mínimo impacto a el caso de corrupción al que el PP hace frente en ambas comunidades; se les da un triunfo simbólico capaz de acallar el conflicto interno de fuerzas, se les proporciona una bocanada de oxígeno para poner de nuevo en práctica viejos mecanismos de lesgislaturas a las que en masa tuvimos que oponernos.

Mi miedo, el que se desprende de esta lectura mía es que, como ha sucedido en Italia y otros países, terminemos pensando que la disgregación es libertad de pensamiento, es pluralidad. La única manera de obtener una pluralidad de izquierdas sería que la suma de los votos se dividiera en partes medianamente proporcionales que llevaran a una coalición pacífica. Digo pacífica porque ¿imaginan las leyes promovidas por una coalición, digamos, de PSOE, Izquierda Unida y Unión Progreso y Democracia? Pensemos en las posibilidades y hagamos un voto, no útil, pero si posibilista.

España ha votado con desgana. Apenas la mitad de la gente ha abandonado la siesta de 24 horas que para nosotros representa el domingo, para expresar su voluntad. ¿La respuesta quizás de una población que ha encontrado la campaña bastante sosa e intrascendente? ¿La pereza de una población siempre más desencantada de la política? La abstención gana una vez más al hablarse de política europea, y ellos como siempre, salen a sendos balcones con la sonrisa de poster, para enarbolar el propio éxito, para mermar el impacto del voto al otro lado del río. Incrementemos las filas del inconformismo, pero hagámoslo todos bajo la misma palabra, y no bajo un listado eterno de sinónimos.

Imagen: El Mig

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