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Gossip Politician

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Sólo el móvil y los completos de diseño les falta. Porque pareciera que en estos días llegamos a rozar el absurdo. Berlusconi y todos sus líos, de faldas, de aviones, de fiestas, y es una cuestión de Estado. Y digo Estado con la mayúscula, porque me desvano los sesos hipotizando sobre como un país de pensadores y pensantes (ayer, hoy y mañana) pueda permitirlo. Pueda mirar el show del cavaliere. Comprar el producto pensado por una máquina del marketing que ni Asimov se habría soñado.

Y entiendo que pueda parecer gracioso a algunos, preocupante a otros, desconcertante a tantos. Yo no puedo pensar en la cuna del italiano y su melodía, de Dante y entender que Italia sea el país con el menor índice de lectura de Europa. Mi mente no es capaz de dilucidar cuál ha sido el proceso desde Da Vinci, Caravaggio o Tiziano hasta la televisión italiana, la imagen moderna, ¿espejo de?. ¿Cómo puede ser que en italia naciera el Derecho y en sus autobuses nadie pague un billete (no nos metamos en la declaración de la renta)? ¿Como pueden haber nacido en sus tierras Darío Fo y Rita Levy y que hoy en día lo único capaz de hacerse al país sentir una nación sean unos Mundiales de fútbol?

Berlusconi compra la información, la de mentira, la de verdad. Y de todos modos qué más da, la verdad también es suya. En Italia no hay mafia, y por si lo piensas yo te pongo en la tele le velline, aquí no existe corrupción política, y por si se te pasase por la cabeza pensarlo, te pongo en el programa de máxima audiencia de la televisión pública un programa especial acerca de las operaciones estéticas de gran moda. Por que se las hacen las famosas. ¿Desigualdades sociales? En cualquiera de sus canales, dos celebrities del momento que se enzarzan en una discusión absurda (en la que objetivamente, tú espectador no entiendes ni una palabra) con un exitazo del 23 por 100 de share.

Da igual. Las verdades como puños a él le resbalan por su cara de cera. Por que pasa una, pasan dos, pasan tres… y no pasa nada. Señores, el italiano del que todos se ríen, del que todos se asombran es el presidente de Italia. El presidente. Ha hecho de la política una serie de mediodía de Antena 3. Con su publicidad y todo. Con sus balances (encima con truquito del almendruco) de millones de euros. Y ahora, estoy hablando de las cosas serias, de las que huelen más allá de la banderita azul plagadita de estrellas. De la crisis que están afrontando las familias italianas mientras él les muestra por la tele como pasa las vacaciones en Cerdeña o donde toque. Del subdesarrollo en el que se encuentra el sur de Italia, donde los containers en Gioia Tauro son un símil escalofriante de la antigua caja de Pandora, donde el “algo habrá hecho” es todavía una excusa. Cuando uno enciende la tele en Italia, a cualquier hora, en cualquier lugar, y en cualquier canal oye cosas tremendas.

Yo soy de parte, y lo reconozco. He amado ese país por sus habitantes. Tantas las personas que he conocido, en el máster, en el trabajo, en el Erasmus, en la calle, donde el azar nos conduce a los mejores encuentros. Son ellos los que me han hecho, no entender pero sí empatizar. Son cabezas brillantes, de pensamientos brillantes. Y no saben a quien votar. Esa debe ser una difícil carga, yo no sabría que hacer. La conciencia del deber de votar por una parte, pero por otra: ¿si nadie me representa? ¿Cómo hago si los candidatos cuando yo jugaba en el jardín de infancia ya hacía 30 años que estaban en el Parlamento? ¿Cómo pueden saber esas personas qué es lo que necesito? ¿Cómo podrían nunca empatizar con mis necesidades? A muchos, cuando hablan de Berlusconi, les gusta jugar con la metáfora de la máscara. Leí hace tiempo un brillante reportaje en L’Espresso, y ayer uno igual de genial en el Times. Sin embargo, la mayor gravedad del asunto, es que no existen máscaras. Que yo en casi cuatro años pasados en ese país, no he visto jamás a ese señor como algo diferente de lo que es.

Creo que estamos muy cerca y que debemos ser más críticos. Quizás allí Berlusconi haga pagar dentro de poco un centimillo por cada sueño. Aquí seguiremos buscando las razones, y las respuestas. Por que yo tengo allí un montón de pedacitos de corazón. Y estoy convencida, de que merecen algo mucho mejor.

Podría escribir los versos más tristes esta mañana

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Si a uno

le dan

palos de ciego

la única

respuesta eficaz

es dar palos de vidente.

Pero no voy a hacerlo, porque a él, los versos tristes no le habrían gustado. Porque durante sus 88 años de vida Mario Benedetti no trajo más que maravillosa poesía a mi vida, porque él era un acérrimo defensor de la alegría y porque allá donde haya llegado serán tremendamente afortunados los que puedan disfrutar de su presencia, aunque ésta sea metafísica, aunque su sonrisa se haya hecho etérea. Mario entró en mi vida a través de sus libros de poesía para jóvenes que mil veces subrayé y releí convencida de que funcionasen como manifiestos para un mundo mejor.

El poeta de la eterna resistencia me mostró las grietas del alma del exiliado gracias al preciso retrato elaborado en Andamios; nos mostró su genial narrativa en el libro de cuentos De la muerte y otras sorpresas, con especial mención a su Ganas de embromar, que de forma irónica puso en primer plano una realidad poco conocida para los que nunca asistimos a las labores de espionaje de los gobiernos, más o menos irónicos, más o menos de teatrillo.

Benedetti fue un hombre único, de los que quedan pocos, de los que cada día nacen menos. Comprometido, ya no con la socidad, sino con la esperanza y la posibilidad. El poeta incansable que armado de versos no abandonaba el campo de batalla, el escritor de sonrisa perpetua a quien de los labios siempre le colgó, así de ladito, la sátira. Un genio de la palabra que en apenas un ejercicio de sintaxis lograba apuntillar la obra, como lo hiciera Miguel Ángel sobre la piedra.

Una pérdida mucho más que física, pues lo que extrañaré sobre todas las cosas del señor Mario será su incansable creencia de que quienes poblamos esta tierra seamos capaces de superarnos, de aprender de nuestras guerras, de analizar y de reflexionar. Ayer, hoy y mañana sus palabras quedan impresas en nuestra mente, imborrables y características de la lucidez de la contraofensiva con la que abría este post, en memoria de uno de los más grandes personajes de la paz de nuestro siglo, sino de todos los tiempos.

Ya te echamos, terriblemente, de menos.

Bonjour buon giorno guten morgen,

despabílate amor y toma nota,

sólo en el tercer mundo

mueren cuarenta mil niños por día,

en el plácido cielo despejado

flotan los bombarderos y los buitres,

cuatro millones tienen sida

la codicia depila la amazonia.

Buenos días good morning despabílate,

en los ordenadores de la abuela ONU

no caben más cadáveres de Ruanda

los fundamentalistas degüellan a extranjeros,

predica el Papa contra los condones,

Havelange estrangula a Maradona

bonjour monsieur le maire

forza italia buon giorno

guten morgen ernst junger

opus dei buenos días

good morning Hiroshima

despabílate amor

que el horror amanece.

De mayor quiero ser Parag Khanna

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Me disculpo por una ausencia un poco forzada, un poco provocada. Buenas rachas y malas rachas, donde la segunda es contexto (éste de la enferocida crisis que alarga los dedos en busca del pánico colectivo) y la primera, fruto del esfuerzo personal. Vuelvo al blog con muchas ideas y textos, no como promesas sino como propósitos. Hace ya casi dos semanas tuve la oportunidad de asistir a una conferencia magistral de Parag Khanna, a quien supongo muy famoso por la cantidad de resultados google pero que, disculpen mi ignorancia, yo no había si quiera oído mencionar.

Parag Khanna es director de la Global Governance Initiative y Senior Research Fellow en el programa estratégico de New America Foundation. Es autor de múltiples libros, ha sido asesor geopolítico para las operaciones especiales de USA en Irak y Afghanistan. En 2008 fue mencionado por la revista Esquire como una de las personas más influyentes del s. XXI. Ha trabajado, además, en la reciente campaña presidencial de Barack Obama. El señor Khanna viaja por todo el mundo, es financiado en sus estudios por fundaciones como la de Naciones Unidas, e imparte sus lecciones, entre otros lugares, en la Georgetown University, en territorio comanche.

Sorprende su juventud, 30 años y su expresión de niño pillo. Habla 5 idiomas y sonríe de forma seductora, un poco como aquel que sabe haber visto cosas que los demás no vemos; un discurso brillante (perfectamente entendible en inglés) y una idea, la de hablar del segundo mundo, que demuestra el nacimiento de una nueva generación política, después de selvas de páginas manchadas con la tinta del desencanto juvenil en el campo ideológico y práctico.

Pocas veces encontramos entre informaciones y dilucidaciones el concepto del Segundo Mundo. Explicaba el autor que teniendo en cuenta las organizaciones destinadas a la cooperación (países ricos, en resumen) y aquellas conformadas por los países en vías de desarrollo (países pobres, si es que estos pudieran en algo, metafóricamaente, sintetizarse), se nos quedan bailando en el medio unos 100 países. Éstos poseen rasgos característicos del primer mundo y rasgos característicos del tercero. En la voluntad y desarrollo de las políticas de sus gobernantes, se acercarán más a una u otra orilla convirtiéndose en mercados emergentes (¡Bonus! Segunda posibilidad en la rueda de la fortuna del Dios Dólar) o «mercados miseria» (es decir, esos en los que yo tengo la materia prima pero como soy pobre me dan dos céntimos para poner mañana en el mercado mis tomates a 1,79 euros/kilo).

Sobre el tablero, tres son los jugadores, tres lo ejes de poder: Estados Unidos, quien en el último siglo ha detentado la soberanía absoluta y hoy, entre tanta guerra y tanto Bush, comienza a ver diezmada su posibilidad de presión en otros frentes sobre todo al otro lado del charco; China, la cual socialmente y en cuanto a medidas de sostenibilidad se gana un enorme suspenso para ser promocionada al Primer Mundo, pero cuyo poder económico y macrocaracterísticas le da un poder de influencia tremendamente persuasivo, y la vieja, reconformada Europa, quien poco a poco va extendiendo sus brazos en el intento de recrear aquella Santa Alianza, aquel imperio (mezcla de todos) capaz de poner la balanza de su lado.

En este símil de partida de Risk virtual-real, los tres colosos deben buscar estados satélites que resulten fuerzas de apoyo, recursos en cuanto a materias primas y mano de obra, mercados en los que experimentar el abaratamiento de costes de producción y la reducción de inversión en salarios. Estados Unidos baja la mirada y comienza a cuestionarse cuánto los hierbajos del jardín de la quinta (vale a decir Sudamérica) puedan llegar a complicarse en el futuro y se acerca a Brasil para establecer un foco de influencia sobre las potencias más «débiles», por sus guerrillas, sus miserías y por sus casas de hojalata, porque la inversión americana en tierras del sur siempre se demostró pagadora.

Europa, mientras, coquetea con Ucrania y Turquía. La primera con ese atractivo suministro de gas que une Rusia con Europa, la segunda con ojos de almendra y piel oscura, dispuesta a interceder ante la reticente familia oriental, en favor del amante esposo… Explicaba Mr. Khanna que ha sido así como Europa ha negociado parte de la explotación de petróleo en Irak, en detrimento del tío Sam.

Y la indescifrable China, esa que pacta con todos y no se alía con ninguno, esa que todo lo produce a un costo menor del que se pudiera si quiera imaginar, esa en la que cualquier experimento puesto en  marcha resulta el de mayor envergadura de la Historia de la Humanidad. China, como mancha de aceite, ha ido empujando desde sus fronteras como si de un globo en proceso de hincharse se tratara, hacia Malasia, Vietnam y Laos. Al mismo tiempo, y con las pocas palabras que les caracteriza, se va lavando la cara: medidas sanitarias, posibilidad de un segundo partido político, iniciativas de ahorro energético y sostenibilidad.

En fín, magistral Parag Khanna nos condujo a pasito lento pero seguro hacia la consideración de un Segundo Mundo, quizás todavía más determinante que el primero, pues es la influencia sobre ellos (como ya lo fuera durante el colonialismo) el rasero utilizado para medir la potencia y futuro de los primeros. El libro se llama «El segundo Mundo» Llega a nosotros gracias a la labor magnífica, como siempre, de la editorial Paidós. Eso sí, si les interesa, vayan a encargarlo, las estanterías de las librerías ya quedaron desnudas ante la genialidad de Khanna.

Protagonistas de un mundo posible

 

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Señores míos, me declaro imparcial desde la primera línea de este post. Totalmente imparcial porque me declaro, de parte y de conjunto, defensora del señor Obama. En estos tiempos de escepticismo y desencanto político, reconozco que este personaje me hace mantener alguna que otra esperanza. A poco más de una semana, la batalla se hace campal y de un lado y otro el tiro al adversario es siempre más certero, más envenenado, más cruento.

Parece que sea el área de la economía quien mayores bazas le proporciona a Obama ya que teniendo en consideración un sondeo de la CNN y una encuesta publicada por el periódico estadounidense The Washington Post, el 53 por 100 de los encuestados considera que sea el candidato demócrata el más capacitado, frente a un 39 por 100 que confía en las cualidades de McCain; que a mí, quizás dejandome llevar por un poco de indomable subjetividad se me hace una caricatura desdibujada de ese diablo del señor Bush, al que por cierto la gran mayoría culpa de la mala situación actual. Alejados, o al menos difuminados, los fantasmas que amenazaban con un colapso del sistema financiero, no hay que olvidar que como bruja sobre su escoba revolotea sobre cabezas yankees una turbia recesión económica.

En un país en el que el capitalismo termianaría por devolver al rebaño al propio Marx, con una de esas instantáneas coloridas en las que se ubicaría justo a la derecha del propio tío McDonald, Obama representa un cambio, y mi pequeño sueño, lo confieso, es que no sea sólo de envoltorio. Racismos y antisocialismos a parte, no son pocas las barreras que encontrará en su camino, ya sea en la Casa Blanca, ya sea en la oposición que en Estados Unidos siempre parece un poco atrezzo y no tanto fuerza política. Porque él habla de redistribución de la riqueza, y habla de la importancia del voto de los más jóvenes, habla a los que como él pueden representar un cambio.

Juega a su favor la bajísima popularidad de la que goza hoy por hoy el actual presidente del país, un agarradísimo 30 por 100; una puntuación que sólo «sufrieron» antes que él, Nixon con su conocido caso Watergate y Hoover, quien enfrentó los desastres del crack del ‘29 y la consecuente depresión económica de los años 30 (si les interesa el tema, recomiendo fervorosamente el libro «Las uvas de la ira» de John Steinbeck, desgarrador retrato de una América doliente).

Le juegan en contra la disciplina de los republicanos a la hora de votar, los 26 años de experiencia de John McCain en el senado, con su mitificada imagen de héroe de guerra de Vietnam, su mayor experiencia internacional, y el recurso de la idea de que el demócrata no tendría capacidades a la hora de gestionar problemáticas de gran envergadura como podrían ser una guerra o una crisis nuclear.

«Habéis dicho que ha llegado la hora de superar la amargura, la mezquindad y la rabia que ha consumido Washington; de acabar con la estrategia política basada en la división y de optar por otra basada en la adición; de construir una coalición por el cambio que se extienda por los estados republicanos y demócratas. Porque así venceremos en noviembre, y así nos enfrentaremos por fin a los desafíos que tenemos como país».

«Elegimos la esperanza en lugar del miedo. Elegimos la unidad en lugar de la división, y también elegimos enviar un poderoso mensaje de que el cambio está llegando a Estados Unidos.  Habéis dicho que ha llegado el momento de comunicar a los lobbistas, que creen que su dinero y su influencia hablan más alto que nuestras voces, que no son ellos los dueños de nuestro gobierno, que somos nosotros; y que estamos aquí para hacernos de nuevo con él (…)»

«Seré un presidente que pondrá fin a las amnistías fiscales para las compañías que trasladan nuestros puestos de trabajo al extranjero y crearé una reducción fiscal dirigida a la clase media y que vaya a parar a los bolsillos de los trabajadores estadounidenses, que la merecen. Seré un presidente que aprovechará el ingenio de agricultores, científicos y empresarios para liberar a este país de la tiranía del petróleo de una vez por todas. Y seré un presidente que pondrá fin a la guerra de Iraq y traerá los soldados a casa; que restaurará nuestra posición moral; que sabrá que el 11-S no es una forma de obtener votos a través del miedo, sino un desafío que debería unir a Estados Unidos y al mundo contra las amenazas comunes del siglo XXI: las amenazas comunes del terrorismo y las armas nucleares, el cambio climático y la pobreza, el genocidio y la enfermedad.»

Algunos extractos del discurso de Obama, la razón por la que les dejo esta imagen: la de un Obama que extiende su mano con intención de hacer una política que beneficie a su pueblo, dejando a un lado, la ya vieja tendencia de los Estados Unidos de hacer del mundo su tablero de ajedrez privado, en una partida a jugador único. Le ruego señor Obama, que no me defraude usted, y una vez más no sea razón de peso para aquellos que afirman que «todos los políticos son iguales» y que hace que día a día personas como Berlusconi, y Dios nos libre, Menem recuperen los poderes del Estado frente a cualquier pronóstico racional; que permite y legitima gobiernos opresivos o de teatrillo como sucede con viejas monarquías, dictadores y shas. Otra política es posible y depende sólo de nosotros.

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