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El gran acierto del domingo

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Ayer por la mañana, y sin dejar que la lluvia pintase de gris, además del cielo, mis ganas, desafié la meteorología con un estupendo paraguas verde pistacho y me eché a la calle del brazo de mi compañero de piso. ¿Misión? Disfrutar de la cultura gratis que el Museo Reina Sofía pone a disposición de los ciudadanos en este día que según mis ideales debe trancurrir entre cines, sofás, tés, amigos o variadas exposiciones.

La primera exposición de la que disfrutamos fue la de Zoe Leonard, una fotógrafa neoyorquina que muestra a través del objetivo de su cámara los contrastes del mundo, los escaparates, la industrialización, la civilización; contraposiciones que se oponen al mismo tiempo que se enlazan. Lo cierto es que la parte que personalmente me resultó más interesante de la exposición fue la última de las tres salas (digamos que de las dos anteriores habría prescindido sin problemas…) En ella, la artista presenta grupos de fotografías que responden a un tema: kioscos de Coca-Cola en el mundo, tiendas de productos de limpieza, o fachadas de tiendas erosionadas por el hombre y por el tiempo, pero que sin embargo no han perdido sus rasgos, aún bajo los anuncios de coloridos cegadores.

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Pero mi gran acierto del domingo fue sin duda Alberto García - Alix. Nunca había tenido el «placer» de acercarme a sus fotos y quedé atrapada en las miradas de sus personaje. Fotos en blanco y negro que retratan el entorno del artista quien manifiesta que de no fotografiar su vida, no sabría que retratar. Series dedicadas a las motos, los presos, las estrellas del porno, los yonquis y los tatuajes, imágenes que cobran gran sentido teniendo en cuenta sus títulos. Ventanas a un mundo oscuro donde los muebles de las habitaciones hablan tanto como las miradas de los sujetos, sus sexos expuestos en primer plano sin pudor, jeringuillas sobre brazos repletos de tatuajes, experiencias de vida.

No les cuento la exposición, vayan a verla porque merece la pena… Sólo un apunte: no puedo quitarme de la cabeza una de las instantáneas en la que se observa a un hombre quemando la heroína antes de inyectársela; poético, impactante, desgarrador el título que no podía ser otro que el de «apostando a no ganar nunca». En la apertura de este post el mismo García - Alix, para que vayan abriendo boca.

 

El arte nos lleva de calle

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El fin de semana pasado en una cena con mis padres y amigos comenzamos un interesante debate sobre la tendencia del street art, o lo que es lo mismo el arte de la calle. Debo decir que en principio considero necesaria una diferenciación entre lo que es el dibujo elaborado que se extiende por muros y calles, respecto a la manía de algunos graffiteros de llenar los espacios con firmas, dibujos incompletos o cualquier otro tipo de «pintada superflua». No porque dejaran de ser arte, al final esta disciplina como la mayoría de las humanísticas, responden enormemente a la subjetividad del espectador. Lo que es arte o no, no entro si quiera a cuestionármelo, hago la diferenciación simplemente para establecer que me refiero a las expresiones que contienen un mensaje, teniendo en cuenta la línea del blog, de caracter político.

Desde mediados del los años ‘90 se deja a un lado la concepción del movimiento como sinónimo limitado del graffiti, y se incluyen nuevas e interesantes técnicas como las plantillas, posters, pegatinas y nuevos códigos. El empleo político de los stencil o plantillas tiene su semilla en el París de los años ‘60 más tendrá su máximo auge en épocas más contemporáneas, a mediados de la década de los ‘90 desde la que ha crecido tanto en difusión como en los nombres que integran la plantilla de artistas, con pseudónimo ya que hablamos de un movimiento que aún en nuestros días sigue siendo ilegal.

Dos de los artistas de mayor interés son Bansky, de origen británico y a quien pertenece la imagen de apertura de este post, y el norteamericano Shepard Fairey que ha recolectado interesantes comentarios con su campaña «Obey», desarrollada con posters y plantillas, y sus trabajos sobre Obama que le han convertido (o mejor dicho, les ha convertido) en icono de la modernidad, del cambio y de la vanguardia.

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Hasta aquí la teoría, pero quizás lo más interesante del movimiento no es sólo lo que reproduce, sino lo que suscita. Estupefactos, indignados y, creo, un poco obcecados, tantos se han llevado las manos a la cabeza; ensuciar la calle, llenarla de pintadas y de mensajes que cuestionan y juzgan realidades, desde las más banales hasta las de mayor repercusión política y social. Recuerdo que cuando vivía en Roma me contaron una vez, dando un paseo, que existen en la ciudad unas estatuas generalmente escondidas en callejuelas o plazas que se denominan «las estatuas parlantes», su nombre proviene de épocas de opresión en las que los ciudadanos romanos pegaban a las esculturas, durante la noche y con el miedo del posible descubrimiento, folios en los que manifestaban sus descontentos con la Iglesia y la Monarquía. Decían entonces los ciudadanos que eran las estatuas quien habían hablado, ya que ellos no podían.

Las cosas han cambiado, pero ¿quizás aún necesitamos una representación global y anónima del propio descontento? Las pintadas y los dibujos no son más que la expresión de un sentir común, del juicio global que muchas veces la ciudad remite a sus dirigentes, y si el periódico ha evolucionado hacia el contenido digital, el teatro hacia la aplicación audiovisual, o el cuadro hacia el recurso multimedia, ¿por qué no es posible que la expresión artística varíe de soporte invadiéndolo todo, incluso el espacio público?

Creo que es posible que se interprete mal, y que muchas de las pintadas consideradas más suciedad que expresión no sean toleradas. Bien, pero sin dar nombres también les puedo decir que me surje la misma idea con muchos de los cuadros que se encuentran colgados en algunos de los museos más famosos del planeta y por los que millonarios y «pseudotales» pagarían millones y millones, sólo porque el crítico de moda ha decidido calificarlo de arte.

No podemos ser tan poco evolucionados como para entender que la expresión del alma humana no debe tener confines, ni en las palabras a emplear, ni en el soporte sobre el que se quieran plasmar. La calle es tanto parte de mi vida como el propio contexto en el que convivo con pensamientos y juicios ajenos y, si las palabras vanas, estúpidas, retorcidas y asesinas pueden poblar mi espacio acústico (del público, hablo) porque no deberían de hacerlo otro tipo de manifetaciones. Hablamos sólo de un lenguaje diferente, aprendamos a ser un poco más tolerantes.

Para quien esté interesado en el tema, también un interesante link de un artículo del Corriere della Sera que me pasó un amigo, sobre la tendencia en Milán, lo único que siento, es que se encuentre sólo en italiano.

Sentido homenaje

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Hace pocas semanas me encontraba paseando por las hermosas y otoñales calles de mi ciudad natal: Buenos Aires. Con una compañía inmejorable, decidí acercarme a una maravillosa exposición que se organiza cada año en la ciudad y de la que me había hablado mi amiga Fernanda. La exposición en cuestión recoge una serie de volúmenes de fotografía, completamente artesanales, en su mayoría únicos.

Fer, mi amiga fotógrafa, presentaba dos de sus libros. Asi que tranquilamente nos sentamos en unos sofás, rojos y estupendos, a abrir la mente y cubrirnos las retinas, con sus fantásticas imágenes. Uno de sus libros «La difícil tarea de ser una chica Berbi» me dejó sin palabras. Ejemplar forrado en tercipelo rosa, con un gran corazón fucsia en el centro, e imágenes, una detrás de otra, cargadas de significados, de mensajes inherentes que hicieron tambalearse toda una infancia poblada de Barbies y mobiliario plástico.

A lo largo de las instantáneas se nos va mostrando el mundo de la mujer ideal contemporánea: buena madre, trabajadora, hermosa, deportista, buena cocinera, buena esposa… Siempre a tiempo, siempre por encima. Porque esta es otra de las facetas que nos muestran las impactantes fotos: la individualización de una mujer, un tanto egoista, un tanto reina, un tanto buscadora de diferenciación, un tanto competitiva.

A este punto me viene una pregunta repetitiva: ¿Es que las mujeres para «dar la talla» hoy en día han de ser mejores que la que tienen al lado? ¿Por qué esa necesidad de menospreciar a las otras mujeres para poder hacer notar la propia excepcionalidad? ¿Cuándo perdió el sexo femenino esa solidaridad que hace de la unión entre dos amigas la más fuerte del mundo? Me pregunto si entre tanta lucha feminista y tanta batalla por nuestros derechos no hemos perdido de vista que los objetivos son siempre más factibles en la unión.

Espectacular la foto en la que se observa a la chica Berbi caminar entre un grupo de otras muñecas, con su cinta de miss reina cruzando su pecho, con el resto de la competencia en el suelo, triunfante. Alzando una pierna y sin mirarse a los pies, ella camina orgullosa, en su mundo de chicle de fresa, pensando en la carne asada que cocinará esa noche para Ken y toda la prole; escondiendo en el subconsciente las camisas que hay que planchar; retomando en el consciente el coche a recoger del taller; olvidando los juguetes desparramados por el suelo del comedor, o la pintada que hay que borrar en el zócalo del pasillo. La mujer del éxito, la mujer que todo lo tiene pero que difícilmente se tiene y se contiene a sí misma.

Sin palabras me deja la última foto de una Barbie amordazada con una cinta blanca, la mirada fija en el objetivo de la cámara, con toda su larga lista de tareas a la espalda. Y debo decirles, señores míos, que será sugestión o sensibilidad, pero yo ví a una Barbie triste, a la que a lo largo de las páginas las comisuras de los labios, que en general imaginamos en una inmortal y estática sonrisa, se le iban para abajo. A una Barbie con los ojos más huecos que nunca y el alma más plástica de lo que hubiera imaginado.

Señores, un consejo, no pierdan de vista a mi amiga la fotógrafa, Fernanda Morana, estoy segura que nos depara más de una «revelante» sorpresa.

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