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Bucaneros solidarios y palabras de combate
4. Junio 2009 por Lalá Miolac.
Dicen las malas, o maliciosas, lenguas sin pocas perspectivas para la esperanza que quien más tiene, más quiere, que la posesión sólo genera avidez y egoismo, y que, en los tiempos que corren, «nada es gratis» o «que nadie da nada, sin querer nada a cambio». Bien, las viperinas lenguas deberían conocer a Dave Eggers y Nínive Caligari.
Érase una vez un lugar llamado 826 Valencia en el Missions district de San Francisco, en Estados Unidos. Valencia por el nombre de la calle, 826 por el número cívico. Una increíble fachada, fruto de la mente brillante de Chris Ware, da la entrada a una tienda de piratas muy especial. Allí, en las paredes y sobre estanterías retorcidas miles de libros que se mezclan graciosamente con los perfectos accesorios que un pirata en condiciones necesita. Objetos mágicos y dignos de las compras más selectas de William Drake, el capitán Hook o el mismísimo Jack Sparrow. ¿Busca pastillas contra el mareo o quizás un detallado mapa de los océanos? Está en el lugar apropiado. ¿Quizás su loro tiene hambre o hace falta un garfio de respuesto? Sigue en el sitio idóneo. Atraque el barco a la entrada e intente no saquear la tienda.
Sin embargo, la verdadera aventura se esconde en la trastienda donde centenares de voluntarios, escritores, diseñadores y artistas (entre muchísimos otros) ofrecen apoyo escolar gratuito a niños y jóvenes desde los 6 hasta los 18 años. Como si de un maravilloso cofre del tesoro se tratase, las posibilidades son muchas: apoyo escolar, profundización y refuerzo de la lengua inglesa o monográficos de materias que no se imparten en las escuelas. Pareciera un cuento y lo mejor, es que no lo es.
Un lugar muy especial
Fundado en 2002 por Dave Eggers y Ninive Caligari el centro pretende dar una atención personalizada a los estudiantes de la zona con menos recursos, idea que Caligari ha desarrollado de primera mano tras más de una década como profesora de la enseñanza pública. Porque en la atención individualizada y el constante intercambio entre profesor y alumno se encuentra la clave para un buen desarrollo de la capacidad de expresión, pilar fundamental para el desarrollo de la vida adulta en múltiples campos. Valencia 826 se encuentra en una zona popular en la que muchos de los niños y jóvenes no tienen acceso a una enseñanza individualizada, pero además, el centro funciona como lugar de reunión o simplemente como un entorno tranquilo, familiar y agradable en el que hacer los deberes o profundizar sobre algún tema que no quedó demasiado claro en la escuela.
Para materializar la idea, se trabaja sobre cuatro áreas fundamentales: actividades en las escuelas, en las que un grupo de monitores asiste al maestro en el desarrollo de un proyecto temático previamente acordado con el tutor; excursiones temáticas organizadas con los maestros de la escuela en la que se profundiza en diferentes temas que los niños estén tratando en el aula, entre ellas la más popular es «Storytelling & Bookmaking» en la que los niños deben crear finales para tres distintas historias, así como participar del proceso de producción del ejemplar final; apoyo de tutorías para tareas escolares o elaboración de historias propias, y talleres de trabajo en los que se imparten materias fuera del temario académico, tanto para niños y jóvenes, como para mayores.
Pero su aportación no se queda ahí, pues la organización entrega tres becas anuales de 10.000 dólares con las que premia a tres estudiantes que hayan destacado a lo largo del año escolar, la única condición es que posean una pasión especial por la escritura. Un gesto simbólico pero de gran importancia, pues se fundamenta en la idea de que el apoyo por sí solo no basta, ya que resulta necesario que se de la oportunidad de seguir trabajando, de formarse para el futuro, en un entorno en el que el acceso a la universidad implica también dificultades económicas para quien tiene menos recursos.
Ideas innovadoras hasta en la metodología, ya que cuentan con un misterioso editor que vive en el trastero de nombre Mr. Blue. Este particular habitante conoce cada historia jamás contada y cada libro que se ha escrito. Desde su escondite, debe dar la aprobación a las historias de los niños que como única exigencia han de tener en cuenta que la historia que están creando deba ser completamente original. Durante las lecciones, el maestro Eggers toma múltiples notas sobre las observaciones de los alumnos: «quiero que los niños vean que nadie lo hace perfecto a la primera».
Una idea con gran potencial
De la labor desempeñada por 826 Valencia han nacido otras seis hermanas que se agrupan bajo el paraguas de la organización nacional, y que se reparten entre Brooklyn, Ann Arbor, Los Angeles, Seattle, Boston y Chicago. Todas ellas realizan el mismo tipo de actividades, y en el frente presentan originales tiendas entre las que se puede visitar una de espías, otra de superhéroes u otra dedicada a los viajes en el tiempo.
Los más de 1.200 voluntarios en San Francisco hablan de su experiencia y emplean para ello palabras que parecen describir una realidad casi utópica, en la que la única cosa que se lamenta es no haber contado con más tiempo a disposición para pasar en el centro. Un centro que no se olvida de ellos y, para demostrarlo otorga el premio al maestro del mes que consiste en 1.500 dólares. Un premio simbólico para destacar una labor no remunerada. «Es la norma sobre la que trabajamos aquí» dice Nínive, reponsable de los programas del centro.
Una mente inquieta dispuesta a arreglar el mundo
El cofundador Dave Eggers es una mente inquieta que se manifiesta a través de su constante gestualidad. La primera novela que publicó en el año 2000 narraba la historia de como se había hecho cargo de la educación y crecimiento de su hermano a la muerte de los padres. ¿Resultado? Una nominación al Pulitzer. A partir de ese momento no ha dejado de escribir libros que promueven una visión más completa del Tercer Mundo para los más pequeños o textos con interesante aportaciones de diseño como la falta de portada de «Ahora sabreís lo que es correr».
Imparable ha fundado una de las publicaciones (y web) más innovadoras del panorama editorial, del título McSweeney’s y The Believer que dan cabida a los «relatos huérfanos» que los escritores mandan una y otra vez a las casas editoriales, pero que nunca vienen publicados. Una revista que, además, cambia de formato en cada uno de sus numeros y que entre sus columnistas cuenta con Javier Marías, Nick Hornby, Sebald y José Saramago. Y su trabajo no se para ahí ya que ha puesto en pie su propia casa editorial, una fundación destinada a ayudar en África y una web en la que se pueden explicar los proyectos educativos realizados en distintas escuelas del mundo, poniendo en relación a maestros para compartir experiencias y quizás, nuevas ideas a desarrollar. Elegido por la publicación «Times» como una de las 100 personas más influyentes de los Estados Unidos de América.
En la Conferencia TED (Technology Entertaiment and Design) de 2008 se premió a Eggers. Se trata de una conferencia muy especial, pues en ella, los premiados deben de expresar un deseo, algo que desde su punto de vista pueda hacer del mundo un lugar mejor. El deseo de Eggers fue el siguiente: «Deseo que todos vosotros -vosotros personalmente y cada una de las individualidades creativas y organizaciones que conoceis- encuentre un modo directo de comprometerse con una escuela pública de su zona y que una vez hayáis desarrollado la actividad, contéis la historia de cómo os involucrásteis. Así, dentro de un año, tedremos mil ejemplos de transformaciones hacia el cambio». Por suerte, en Dublín ya ha germinado el primer centro que sigue sus pasos: Fighting Words.
El único en Europa
Eggers, al manifestar su deseo, sabía que para ello era necesario poner un punto de encuentro, crear un espacio de sinergias e ideas, que funcionara como inspiración para muchos otros docentes repartidos por todo el globo. Así, sentó las bases para que su sueño pudiera ser realizado creando la página web Once upon a school, o lo que es lo mismo, había una vez una escuela.
Fruto de esa inspiración y de la voluntad de volver a poner a la cabeza de la lista la expresión escrita y la creatividad más esencial, a principios de este año se ponía en funcionamiento su único hijo en territorio europeo: el taller de escritura Fighting Words ideado por Roddy Doyle y Sean Love. Situado en el barrio de Ballybough, el centro se encuentra en un entorno muy similar al del 826 Valencia.
La realidad del acogedor espacio de Fighting Words es muy distinta a la de su pariente americana. Las estanterias de las paredes muestran unas librerias en las que aún faltan muchos libros por colocar, y los que se encuentran hasta el momento son fruto de las donaciones privadas, de escuelas o de asociaciones. Sin embargo, desde que comenzara a pasito tímido su andadura en el mes de enero, ha registrado unas cifras que prometen: hasta junio del presente año tienen todas las actividades completamente reservadas, el próximo mes de septiembre comenzarán a realizar actividades con una escuela con la que trabajaran durante todo el año escolar, y cuentan en la actualidad con una base de datos que reúne a más de 350 voluntarios de los que «al menos 40 ya han venido un par de veces a visitarnos y participar», dice Sara Bennet, responsable del taller.
Una extraña sensación invade al visitante la primera vez que se acerca a este centro. En la fachada una pantalla reproduce pasajes de las distintas historias que han poblado nuestras infancias, Peter Pan y Alicia muestran, en versión multimedia, sus más célebres declaraciones. Al ingresar, acoge el bullicio de un grupo de voluntarias que sobre una pizarra plantean las distintas ideas a poner en práctica en el taller que dará comienzo en apenas 40 minutos. Me atiende Sara Bennet con una amplia sonrisa y brillantes ojos azules: «Ah, sí, la periodista española. Te puedo atender pero sólo tengo 20 minutos». «No importa, es suficiente». Nos sentamos y ella explica: «Aquí todavía estamos empezando. Desarrollamos programas acordados con los profesores de las escuelas. Los niños vienen acompañados por sus tutores a sesiones de 2 horas en las que elaboran historias».
Por el momento los programas tienen una duración de una a seis semanas, «algunas escuelas vienen una vez, otras un par, muy pocas realizan largos programas. Es una suerte que en septiembre vayamos a comenzar a trabajar con una escuela de la zona, a la que seguiremos durante todo el año».
Los miércoles desarrollan también el Club de escritura en el que jóvenes de 8 a 12 años pueden traer sus propias historias para recibir consejos o «simplemente para encontrar un lugar en el que escribir tranquilos», dice Sara Benett.
Entre los voluntarios cuentan con personas de todas las edades y grupos sociales, jubilados que buscan un lugar en el que ayudar y contar sus historias, desempleados que ante el exceso de tiempo libre «buscan dar una estructura a sus jornadas» o estudiantes universitarios que convalidan sus horas de voluntariado por créditos académicos. El centro realiza dos programas de entrenamiento de voluntarios al mes. Después, los participantes se registran en una red y mediante un calendario realizan su inscripción en los días en los que quieren participar. En la actualidad la base de datos de los inscritos cuenta con más de 200 entradas y en el día a día se emplea a 40 de ellos, divididos en dos turnos proporcionales de mañana y tarde. «Te muestro algunos ejemplos» dice la señora Benett mientras se levanta presurosa, y trae devuelta consigo tres librillos. En ellos, un dibujante ha realizado tres ilustraciones y los niños, posteriormente, han escrito una historia para cada uno de los diseños.
A Sara Benett se le dibuja una sonrisa de niña, un poco traviesa, y cuenta que a los niños se les dicen que en el centro hay un excéntrico editor que declara que los niños no saben escribir historias. Se llama Mr o Mrs Cranky («dependiendo de la ocasión») y se parece mucho a su primo Mr Blue, que reside en San Francisco en el 826 de la calle Valencia. Este misterioso personaje sólo pone dos condiciones para la realización de los textos: deben ser completamente originales y no deben dar cabida a la violencia. «Te sorprendería descubrir con qué facilidad los niños están dispuestos a renunciar a la violencia». Me tengo que ir, nos estrechamos la mano a la entrada. Salir de este mundo mágico en el que los cuentos aún no han perdido su espacio en los sueños y la vida de los niños, genera una mezcla nostalgia y ganas de ponerse a escribir. Fuera, el tiempo se esfuerza por poner de su parte, y Dublín regala una espléndida mañana de sol.
Publicado en Perlas, apuntes y visicitudes, Yo y mi mundo | 1 comentario »



