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Cuestión de cobardías y redes

 

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Como buena periodista de política para principiantes, me encuentro suscrita a las múltiples newsletter y alertas relacionadas con el Tercer Sector, las ONG’s y organismos varios. Hace unos meses, me sorprendí reflexionando sobre como este mundo de las tecnologías pueda ser un interesante medio de comunicación social, posibilitando la ubicuidad, la presencia constante, la conexión de gentes. Sin embargo por otro lado, hay parte de esa tecnología que está comenzando a funcionar como una especie de lavado de cara, bastante menos elogiable.

Mi reflexión venía de la mano de un chiste hecho por el Jueves sobre la red social de Facebook, en él se explicaba como en la actualidad las personas realizamos un simple click en Internet haciéndonos fans o miembros de grupos que luchan contra determinados problemas de nuestro tiempo. Y en este simple click, en un gesto tan sencillo como infructuoso, el internauta se siente como si hiciera algo, como si de verdad, ese estúpido gesto de ratón pudiera cambiar mínimamente el maltrato de animales, la pornografía infantil o la trata de mujeres.

Tengo dos buenos amigos que el próximo mes de septiembre van a recorrer India y Nepal en un ciclomotor de 125 cc y tres ruedas. 15 días, 4000 km. Se trata de una carrera BENÉFICA con el fin de recoger fondos para dos ONGs locales (1000 libras como mínimo, cantidad sin la cual no es posible participar). No existe una ruta determinada, ni etapas, ni ayuda, ni ganador. Simplemente se trata de ver el país y buscar el modo de implicarse. Trabajando por un FIN REAL.

Todos los gastos del viaje, corren de su cuenta. Pero necesitan las donaciones para que les den el vía libre al viaje. Sé cómo están las cosas, y muchos sabéis que mi precariedad es probablemente la única manta segura con la que cuento. Mi propuesta es que deís un paseo por su página  y leáis un poquito de lo que quieren hacer, con qué ONG’s van a colaborar y como se va a desarrollar el viaje. Si os convence, en la sección de donaciones podeís realizar las vuestras.

Soy precaria pero también soy valiente. Me niego a clickear desde mi ordenador y a no reaccionar cuando sé realmente donde va a ir mi dinero, no puedo no participar cuando sé quien quiere realizar este proyecto, no estoy dispuesta a pensar en mí misma como alguien incapaz de renunciar a unas monedillas en detrimento de una caña. ¿Cuántas nos vamos a tomar este verano? Da igual cuánto se quiera donar, lo importante es demostrar que no estamos sólo dispuestos a luchar por las causas abanderadas por la moda, por la prensa, por el logo. Estamos dispuestos a luchar por quien cree realmente en el cambio, y por quien está dispuesto a realizarlo.

¡Somos nosotros!

Seamos valientes y consecuentes. Por una vez, creamos en algo. La posibilidad de cambio no tiene porque representar una fortuna. Miles de «dos euros» hemos pagado por aquellas loterías de viajes de fin de curso, por paquetes de tabaco, por copas, por un pintauñas en el chino. 2 euros (o lo que se quiera) y quizás el mundo cambie para alguien en la India.

El doble filo de las elecciones

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Ayer poco menos de la mitad de la población electoral se recó a las urnas para establecer las proporciones de nuestra representación política en Europa. El resultado: la mayoría dividida entre el bipartidismo tradicional de PP y PSOE y una minoría dividida entre la Coalición por Europa, Izquierda Unida, Unión Progreso y Democracia y Europa de los Pueblos. En una lectura únicamente numérica se trata del mayor logro en la historia de las elecciones europeas del Partido Popular, cuya guía soporta con fervor Mariano Rajoy, quien se ha metido en el bolsillo 23 de los 50 escaños en juego.

Sin embargo, en una lectura simbólica se observa que quien detenta una mayor representación sería la izquierda. Y, ahora me explico pero, no es este un argumento para consolarse o decir que en realidad quien ha ganado es la izquierda. Lejos parecen ir quedando los aires de cambio y renovación, de diálogo y progresismo que en 2004, un poco menos en 2008, llevaron a gran parte de los votantes a cerrar el puño alrededor de una rosa. Poco a poco, Zapatero ha ido ganando también sus inconformismos dentro de las propias filas, y las elecciones europeas no son más que una representación de ello. Y no sólo la crisis.

Supongo al electorado bastante más inteligente (¿de lo que quizás es?) creyendo que somos todos conscientes de lo cíclico de la economía como para realizar un acto tan infantil como el de la identificación de culpables. Son muchas las cosas las que se le pueden recriminar al presidente del gobierno, seguramente el del transcurso de la economía mundial, no sea una de ellas.

Lo que se puede ver en estas elecciones, es que los escaños perdidos por el coloso nacional del socialismo, no van a parar a la derecha sino que se reparten entre partidos de planteamientos izquierdistas como Izquierda Unida o el partido de Rosa Diéz. Profundo temor pues aunque pueda ser un signo de pluralidad puede ser también tomado como presagio de una tendencia a la dispersión.

No me crean fatalista. Por el momento España se mueve entre dos orillas muy delimitadas en las que los polos de poder se repiten, se complementan y son, aún, capaces de llevar con una igualmente determinada trayectoria, el rumbo del país. Sin embargo, hay que realizar una lectura de los datos minoritarios, son ellos los que nos iluminan sobre los movimientos que surgen, sobre el malestar de los votantes de las fuerzas minoritarias, que demuestran (una vez más) que la derecha se presenta mucho más unitaria que la izquierda.

En estos días, ríos de tinta han realizado un triste y preocupante retrato de la Italia de Berlusconi. Y nos hemos echado todos las manos a la cabeza. Sin embargo, creo que Berlusconi no encuentra una oposición digna de llamarse tal por algunas claras razones: representa una derecha empresarial que siempre, aunque menos política que otras clases, muestra una gran unidad y determinación a la hora de votar, y por otra parte, encuentra en el lado opuesto, una serie infinita de pequeños, o pequeñísimos partidos de izquierda, entre los que se divide en proporciones de apenas el 2 por 100 todo el grupo de la izquierda italiana.

Es tanta la capacidad de elección, que no saben a quien votar. Se trata de un planteamiento simplificado, la verdad es que dentro de esas formaciones tampoco existe un líder lo suficientemente carismático (u honrado) como para aglutinar a grandes mayorías, pero en la base tampoco considero que Zapatero se encuentre iluminado actualmente por el aura del simbolismo progresista que se fue desdibujando en medidas populistas, tiritas de medio pelo y múltiples diputadas que llenan de rosa las casillas del Parlamento.

No  le quito méritos al señor Jose Luís. Sin embargo le pido que observe, aprenda y enmiende los fallos; que haga un análisis profundo de estas elecciones. El gran bipartidismo sirve para que tanto el equipo rojo, como el azul, pongan en la diana el careto del adversario. Creo que más inteligente sería analizar porque ex votantes del PSOE (entre los que sin tapujos me cuento) han decidido, en esta ocasión dar el voto a otras formaciones de izquierda. Son éstas las que realmente pueden el día de mañana arrebatarle la presidencia.

El PP, ha ganado por casi 600.000 votos y 3,7 puntos de diferencia respecto al resultado obtenido por el PSOE. Ha ganado abasalladoramente en Madrid y Valencia. Mucho cuidado, esto significa que como sucediera con Gescartera se le está dando también un mínimo impacto a el caso de corrupción al que el PP hace frente en ambas comunidades; se les da un triunfo simbólico capaz de acallar el conflicto interno de fuerzas, se les proporciona una bocanada de oxígeno para poner de nuevo en práctica viejos mecanismos de lesgislaturas a las que en masa tuvimos que oponernos.

Mi miedo, el que se desprende de esta lectura mía es que, como ha sucedido en Italia y otros países, terminemos pensando que la disgregación es libertad de pensamiento, es pluralidad. La única manera de obtener una pluralidad de izquierdas sería que la suma de los votos se dividiera en partes medianamente proporcionales que llevaran a una coalición pacífica. Digo pacífica porque ¿imaginan las leyes promovidas por una coalición, digamos, de PSOE, Izquierda Unida y Unión Progreso y Democracia? Pensemos en las posibilidades y hagamos un voto, no útil, pero si posibilista.

España ha votado con desgana. Apenas la mitad de la gente ha abandonado la siesta de 24 horas que para nosotros representa el domingo, para expresar su voluntad. ¿La respuesta quizás de una población que ha encontrado la campaña bastante sosa e intrascendente? ¿La pereza de una población siempre más desencantada de la política? La abstención gana una vez más al hablarse de política europea, y ellos como siempre, salen a sendos balcones con la sonrisa de poster, para enarbolar el propio éxito, para mermar el impacto del voto al otro lado del río. Incrementemos las filas del inconformismo, pero hagámoslo todos bajo la misma palabra, y no bajo un listado eterno de sinónimos.

Imagen: El Mig

God bless the democracy

 

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En esta ocasión, y tras consultar mi lista de post pendientes, me decido por uno que bordea, de puntillas y equilibrándose con los brazos como espectacular funámbulo, la delgada línea roja entre la teoría y la visión subjetiva. En estos tiempos de ideologías que se apagaron como los colores del anuncio de Micolor, en épocas de hogueras de vanidades, las elecciones norteamericanas se presentan como un Operación Triunfo revisado donde en vez de discos (y sin que en realidad estos queden excluídos) se hacen galas con banderas a la espalda, se entonan himnos para sustituir el último hit de Ricky Martin, y se gana; en fin, que las diferencias son pocas, aunque en el fondo hablemos de algo bien distinto en juego: el poder de conducir una nación, que a día de hoy mira al mundo como si de un gran tablero de ajedrez se tratase.

Como soy de las que piensa que las cosas para poder razonarse, deben previamente conocerse y analizarse, con más de un mes de antelación (las elecciones se celebrarán a principios de noviembre), les propongo una breve revisión del sistema electoral norteamericano. Teórico, ya lo decía al principio, subjetivo, porque en estas cosas, la valoración es inherente a la selección de palabras que se enlazan a lo largo de mi redacción.

Pues bien, una de las principales características del sistema americano (en jerga constitucional denominado «presidencialista») es que todas las funciones relacionadas con el ejecutivo vienen directamente identificadas con el presidente del estado. Cuestión un tanto paradójica, ya que como podremos observar en breve, dicho representante institucional ni siquiera viene votado de forma directa por parte del electorado. Otro de los aspectos de gran interés, sobre todo desde el punto de vista del análisis comunicativo, es que la campaña electoral norteamericana, o mejor dicho, el desarrollo de todos los pasos que llevan hasta el día de la votación final, tienen una duración de un año. Un año en el que la efervescencia política, «da lo mejor de si». Y las comillas no responden a una cuestión de estilo.

La primera fase del largo camino es la presentación de la candidatura. Se trata de un proceso de tanteo, una simbólica investigación de mercado para determinar cuáles son las posibilidades del candidatos en cuestión. A través de esta fase, fundamental, se establece el derecho a recoger fondos mediante las donaciones realizadas por los simpatizantes. Hablamos de una fase fundamental ya que Estados Unidos se sustenta sobre la base de una rigidísima ley de financiación de partidos políticos, y las campañas llegan a implicar inversiones astronómicas para poder resultar competitivas.

A este punto le sigue la campaña de promoción personal y la elaboración de un programa electoral, que será presentado durante las elecciones primarias. Con esta fase el candidato pone los cimientos de su campaña recorriendo los diferentes estados, realizando mítines donde hace conocer sus planteamientos generales en lo que a las diferentes políticas nacionales se refiere, y sobre todo, darse a conocer como protagonista del proceso electoral, acercándose a los votantes y mostrando sus ideas.

Tras esta etapa, dentro de los propios partidos, se realizan debates entre los candidatos de cada grupo, permitiendo la diferenciación entre ellos, ya que de cada agrupación debe resultar un único candidato para presentar a la votación final. Se trata de una parte bastante árida ya que los candidatos pueden ser muchos y la necesidad de sobresalir por encima del resto de los aspirantes conlleva interminables debates sobre temáticas que tocan todos los sectores de la organización estatal.

El primer momento de gran interés se da a continuación de los mencionados debates y se denomina elecciones primarias. Es una primera criba de candidatos para ir acotando las posibilidades de elección. En base a las fases anteriores los candidatos han realizado un análisis considerando las cifras económicas que pueden mover y los apoyos obtenidos, ahora llega el momento de establecer si su candidatura podrá hacer frente, contando con estos elementos, al feroz combate por lograr el objetivo. Así, y estado por estado, se llevan a cabo mítines, reuniones, actos multitudinarios de todo tipo. Permite, además determinar un importante aspecto (aunque no siempre determinante del resultado electoral) y es el apoyo popular con el que cuenta el candidato.

El procedimiento de las primarias se divide a su vez en dos etapas, las estrictamente denominadas con este apelativo y los «caucus», según del estado del que se trate. En las primarias o caucus, cada estado determina qué delegados quiere enviar a la Convención Nacional del Partido. El número de delegados se corresponde proporcionalmente al de electores de dicho estado. Estado tras estado se van recontando los votos hasta llegar al Super Tuesday, durante el que se celebran simultáneamente las primarias de más de veinte estados, y de cuyos resultados se desprende de forma ya bastante clara que candidatos son realmente los que tienen opciones de ser nominados, y en la otra cara de la moneda echa por tierra a los candidatos que en base a estos criterios, resultan más débiles para afrontar las últimas etapas de la carrera.

Cuando se dan por finalizadas las primarias, se celebra la Convención Nacional de los partidos. En ella se reúnen todos los delegados electos mediante las primarias, y que se encargarán de individualizar al candidato nominado como representante del partido de aquí en adelante. Estas convenciones suelen tener una duración de unos dos o tres días, y los procesos de negociación y debate que se ponen en marcha responden única y exclusivamente a la ley del más fuerte. Como si de la supervivencia de la especie se tratase, los potenciales candidatos se arañan las ventajas los unos a los otros, buscando el mayor número de apoyos, y en este momento, los candidatos eliminados durante las primarias pueden jugar un papel decisivo.

Una vez se ha establecido el elemento sobre el que el partido piensa apostar (en las presentes elecciones Barack Obama concurrirá por el partido Demócrata, y John McCain por el partido Republicano) se da el pistoletazo de salida a la campaña presidencial, estrictamente hablando. Durante meses, se volverán a recorrer todos los estados presentando en todos sus puntos, el programa electoral que se piensa desarrollar, y contestando, al mismo tiempo, las propuestas e ideas planteadas por el adversario.

El próximo 4 de noviembre será la «gran final», en la que los americanos se acercarán a las urnas a manifestar su parecer político (podemos empezar por agradecer la no presencia de Bush, que es ya un avance, aunque su ausencia se deba, básicamente, al sistema americano que no permite la ejecución por parte de una misma persona, de más de dos mandatos) Y es en este momento en el que se da una de las claves más paradójicas del sistema: aunque se hace de todo por identificar e individualizar a UN sujeto, el electorado no vota directamente al presidente. Lo que votan los electores es un colegio electoral, formado por 538 miembros, cuya única función es elegir al presidente y al vicepresidente para los siguientes 4 años, tras lo que dicho colegio electoral se disuelve.

Un mes más tarde de la obtención de los resultados electorales, congresistas y senadores se reúnen y hacen que el candidato pase a ser de hecho, presidente de los Estados Unidos, para lo que el único requisito es contar como mínimo con 270 votos del colegio electoral. Por otra parte, el recién nominado presidente no asume sus poderes de forma inmediata, sino que lo hará en el mes de enero mediante el Inauguration Day, cuando es investido oficialmente para los cuatro años venideros. En este extenso post, las claves, un poco asépticas para entender el sistema. Les dejo, para la reflexión, un apunte: échense unas risas (siempre de esas de «por no ponerse a llorar») con las viñetas de Toothpaste for dinner, sonrisa amarga, pero sonrisa al fín y al cabo. Mi favorita la que abre este post: el simulador de voto que hace referencia a las pasadas elecciones norteamericanas en el año 2000.

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