Está visitando los archivos de la categoría Salud, dinero y amor.
| L | M | M | J | V | S | D |
|---|---|---|---|---|---|---|
| « Jun | ||||||
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | ||
| 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 |
| 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 |
| 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 |
| 27 | 28 | 29 | ||||
- ¿Alguien dijo periodismo? (2)
- Cada uno por su nombre (4)
- Cinema Victim (6)
- Comelibros volador (5)
- El mundo en imágenes (3)
- Perlas, apuntes y visicitudes (1)
- Política (3)
- Salud, dinero y amor (1)
- Yo y mi mundo (16)
- 10. Junio 2009: Cuestión de cobardías y redes
- 8. Junio 2009: El doble filo de las elecciones
- 4. Junio 2009: Bucaneros solidarios y palabras de combate
- 3. Junio 2009: Gossip Politician
- 28. Mayo 2009: Libertad... de insulto
- 19. Mayo 2009: Quien entienda el párrafo que me lo explique...
- 19. Mayo 2009: Podría escribir los versos más tristes esta mañana
- 14. Mayo 2009: Cada cosa por su nombre, cada nombre por su ley
- 13. Mayo 2009: Efectos adversos de la crisis
- 6. Mayo 2009: Aparecer por encima del ser
Archivo de la Salud, dinero y amor categoría
Reflexiones de metros y viajes
22. Septiembre 2008 por Lalá Miolac.

En mi ejercicio del periodismo, me dedico cada día a realizar una revista sobre el equipamiento de las instalaciones sociosanitarias. Lo cierto es que en muchas ocasiones es tan aburrido como les suena a la mayoría de ustedes. Aparatos, instalaciones, aparatos, instalaciones… en una espiral que como decía un libro titulado «Cuentos de Einstein», es la representación del transcurso del tiempo, que se cierra sobre sí mismo hasta comenzar desde el principio, repitiéndose infinitamente.
Hace pocos meses, a principios de junio, debido a mi trabajo en la publicación, tuve que viajar a Barcelona al Salón Avante, la feria sobre la calidad de vida, que resultó muy interesante. En el viaje de regreso, en esas cuatro palabras casuales que pueden convertirse en charla o ignorancia mutua en el contexto de los trayectos en avión (y en tantas otras modalidades de transporte), yo entablé conversación con una agradable señora sentada delante mío. Ella me confesó que viajaba muy atemorizada debido a que ese era su primer viaje sobre el mencionado medio, y porque para más inri, con escala en Madrid, viajaba hasta Punta Cana a visitar a su hijo y su nieta. Cómo su mayor miedo era no saber orientarse sobre donde recoger las maletas y hacer el chek-in para el próximo destino, me ofrecí a acompañarla. Con esa solidaridad que me parte del corazón cada vez que me imagino a mi abuela, sola y en una situación de dificultad.
La señora, además, iba con un punto en contra: hacía pocos meses había sufrido una caída que le provocaba importantes dolores a la hora de caminar que se extendían a lo largo de la pierna, hasta la cadera. Yo le pregunté un poco sorprendida por qué no había solicitado que una azafata con silla de ruedas, la acompañase en los trayectos que debía realizar dentro de las instalaciones del aeropuerto. Ella, con una sonrisa tímida, me contestó que le daba verguenza y que no quería molestar a nadie.
El caso es que el trayecto que debía realizar la señora era un proyecto de gran embergadura: llegar al anexo de la T4 del aeropuerto de Barajas en Madrid, coger el trenecillo, recoger las maletas, salir a la zona de los mostradores, hacer el chek-in para el vuelo con destino a Punta Cana, volver a recorrer todo el camino al revés y tomar el nuevo avión en el anexo de la T4. Sólo os puedo decir que yo la acompañé hasta el mostrador para obtener la tarjeta de embarque que la llevase al otro lado del océano junto a sus familiares, y me pareció excesivamente largo para las condiciones de una persona de mediana edad, y sin mencionar, las infinitas posibilidades de pérdida para una persona que tenga mínimas dificultades de orientación o visuales.
Para terminar de rizar el rizo, resultó que como el vuelo a Punta Cana se había retrasado, creo, unas dos horas, la señora no podía hacer el chek-in hasta pasada una hora. Una señora que después de haberse recorrido todas las intalaciones del aeropuerto, y pensando en el camino de regreso, no podría haber hecho más que sentarse en un banquito (que en ese momento se encontraban todos llenos, y que debido a la enorme falta de educación que ponemos en práctica en España, dificilmente se habrían liberado) a esperar que llegase su turno. En ese momento, yo me acerqué a una de las chicas, le conté la historia, le dije que yo me tenía que ir, y que por favor me indicase como podíamos solucionar la situación. Majísima la chica me consiguió una silla de ruedas, con su consecuente azafata y que Eulalia, así se llama mi entrañable nueva conocida, pudiese deshacerse de sus maletas antes de tiempo y hasta llegar a su lugar de destino.
Cuando me despedí de ella, me miraba con unos ojos llenos de gratitud, me sostenía las manos y no dejaba de darme las gracias, de decir «ay, que suerte que he tenido», de pedirme que les agradeciera a mis padres la educación recibida, ofreciéndome su casa como si fuera la mía.
Esta tarde, por razones profesionales, he ido a entrevistar al director general de un importante grupo de residencias de España. El grupo ha recibido recientemente la mención como grupo de mayor calidad del país. Curiosa, le he preguntado cuál era la clave, en su profesionalísima experiencia, para poder ofrecer un servicio excelente, tanto a las personas mayores como en los servicios a los que tiene acceso toda la población que conforma el grupo denominado Tercera Edad. Su respuesta ha sido concisa: «Nosotros debemos identificar la expectativa de la persona, y darle respuesta». Lo sé, suena obvio, pero en la realidad no se pone tanto en práctica y queda relegado a un segundo plano, tras interminables gráficas de costes y beneficios, tras la monstruosa rentabilidad del negocio, que muchas veces neutraliza las buenas intenciones hasta anularlas.
Creo, en mi modesta opinión y contando con mis precarios conocimientos del sector, que lo único que realmente cuenta es esa enarbolada y tan de moda, calidad de vida. Vivir tranquilos, vivir bien en una étapa que siempre se visualizó como periodo de descanso, de apacible cotidianeidad. El problema es que sea una expectativa, el problema es que no se haya interiorizado como derecho. Una anciana con dificultades en un gigantesco aeropuerto, no puede considerar que el recibir una ayuda se corresponda con su día de suerte. Y en esto, no creo que tenga mucho que ver que la mujer sea tímida o introvertida, sino al hecho de que en el metro, rebaños de jóvenes (y no tanto) miren hacia otro lado cuando al vagón entra una persona anciana, por tener la excusa de no ceder el sitio. La atención a nuestros mayores no puede ser algo con lo que se sueña.
Publicado en Salud, dinero y amor | Ningún comentario »